Carolina Laursen

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Cuento de Navidad: magia entre una mujer y un hombre

Publicado: 24/12/2012 12:21

espiritunavidad

En una ciudad de aquellas donde el pavimento duele, los ruidos ensordecen, las corridas por los preparativos de las fiestas navideñas no dan lugar al verdadero sentido de la fiesta. Autos que pasan, bocinas, calles abnegadas de gente apurada. Y ahi esta ella, Paula, con un vestidito de verano naraja a flores. Una bandana que cubre a medias su cabello negro noche.

Hace mucho calor. Ella esta colorida en esa esquina. Parece un sticker en la postal gris de la ciudad de la locura. Quiere tomar un taxi. Asoma su brazo varias veces. Ninguno para. Estarán ocupados y no me doy cuenta, piensa. Intenta de nuevo. Ninguno para. Estira más lejos su brazo. Y los autos siguen pasando. Ningun taxi para.

Las personas a su alrededor no se percatan de lo que está pasando. Nadie mira a nadie. Todos miran hacia adelante. El objetivo es llegar a la Navidad con la comida y los regalos suficientes. Esa es la meta. Y hacia allí van todos.

Los minutos pasan, Paula sigue en esa esquina con su brazo estirado. Con sus ojos a punto de estallar con agua contenida. No hay espacio para ella en esa ciudad imunda.

Desde lejos una mirada color miel, cansada, aturdida, se pasea por la escena de Paula. Y se detiene. Observa. Vuelve a observar... y se indigna. Son los ojos del policía que custodia la cuadra. Esta agotado. Es una fecha difícil. Con tantas personas hay demasiado para cuidar. Pero sus ojos entrenados vieron a Paula. Vieron ese vestido naranja a traves de cientos de autos que los separaban. Corrió hacia ella.

-Ningún taxi quiere pararme- Replicó ella aflojando la angustia que venía conteniendo.
-No llore senorita, yo le voy a conseguir un taxi-
-Yo puedo subir sola al taxi, y desde el asiento de atrás puedo plegar la silla de ruedas y subirla conmigo. Los conductores no tienen ni que bajar del auto-
- Lo siento mucho. Ya mismo le consigo un taxi. ¿Hacia dónde va?
-Voy a las tiendas del Centro. Quiero un juego de té para mi abuela, y solo lo venden ahí-

Mientras conversaban, el policía frenó un taxi y ayudó a Paula a subir al mismo.

-Si tiene problemas para volver, me llama a este celular- Y le dio su número- Yo voy a estar aquí hasta las 12 de la noche-
-¿Cómo hasta las doce? ¡Pero hoy es Nochebuena!-
-Hoy me toca trabajar-
-No va a poder estar con su familia entonces.
-La verdad, mis padres viven muy lejos, aquí en esta ciudad no tengo familia-
-Pero ...¿entonces está solo?-
-Bueno...tengo algunos amigos del trabajo. Quizás mañana almuerzo con alguno de ellos...

Paula agradeció, tomó su taxi y se fue.

Esa noche Paula y su abuelita prepararon la mesa de la Nochebuena en la puerta de su casa y compartieron con el policía de la esquina una deliciosa cena de Nochebuena. Si él no la hubiese ayudado, ella quizás tampoco lo hubiese notado.

Pero es Navidad, y en estas fechas los milagros suceden (aunque siempre suceden, solo que a veces no nos damos cuenta). Y quizás el regalo que tenía preparado Santa para ellos fue ese. Que se conozcan.... ¡Sí! ¡Ese sí fue un enorme regalo de Navidad!

 

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