En pocos meses los electores de los Estados Unidos decidirán si le otorgan cuatro años más a Obama, el primer presidente afro descendiente en la historia de ese país, o lo cambian por Mitt Romney, quien sería el primer presidente mormón. Supongamos que gana Obama. A nadie se le ocurriría que, días después de su reelección, un "grupo de amigos" suyos empezara a conspirar para cambiar la Constitución para abrirle paso a una segunda relección -es decir a un tercer periodo- y que él, a su vez, pusiera a disposición de esa aventura, todo el aparato del Estado.