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  <title>Alejandra Musi</title>
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  <updated>2013-06-19T07:34:14-04:00</updated>
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    <name>Alejandra Musi</name>
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  <rights>Copyright 2008, HuffingtonPost.com, Inc.</rights>
  <subtitle>HuffingtonPost Blogger Feed for Alejandra Musi</subtitle>
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    <title>De palomitas, festivales y personajes secundarios</title>
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    <published>2012-11-27T12:50:31-05:00</published>
    <updated>2013-01-27T05:12:01-05:00</updated>
    <summary><![CDATA[Tras 12 años cubriendo festivales de cine, sigue siendo difícil explicar por qué hago hasta lo imposible por no faltar a mi cita con este mundo que incluso podría llegar a parecer superficial. A diferencia de lo que se piensa, mientras cubres un festival casi no comes, las horas de sueño son escasas, el glamour lo ves de lejos pues entre las horas que pasas metido en una sala de cine, escribiendo y persiguiendo a los publirrelacionistas para que confirmen si podrás hacer entrevistas o no, apenas y te queda tiempo para cambiarte la camiseta que llevas puesta desde quién-sabe-ya-cuantas-horas.]]></summary>
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        <name>Alejandra Musi</name>
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    <content type="html" xml:lang="es" xml:base="http://www.huffingtonpost.com/alejandra-musi/"><![CDATA[<img alt="rome film festival" src="http://i.huffpost.com/gen/879513/thumbs/o-ROME-FILM-FESTIVAL-570.jpg?4" /><br />
<br />
Hay dos inventos que no dejan de sorprenderme.  Los aviones y el cine. Ambos te hacen volar y recorrer  diferentes territorios. Ambos, tambi&eacute;n, tienen la capacidad de ayudarte a desconectar. <br />
<br />
Y te hacen consciente. <br />
<br />
Tras 12 a&ntilde;os cubriendo festivales de cine, sigue siendo dif&iacute;cil explicar por qu&eacute; hago hasta lo imposible por no faltar a mi cita con este mundo que incluso podr&iacute;a llegar a parecer superficial. A diferencia de lo que se piensa, mientras cubres un festival casi no comes, las horas de sue&ntilde;o son escasas, el glamour lo ves de lejos pues entre las horas que pasas metido en una sala de cine, escribiendo y persiguiendo a los publirrelacionistas para que confirmen si podr&aacute;s hacer entrevistas o no, apenas y te queda tiempo para cambiarte la camiseta que llevas puesta desde qui&eacute;n-sabe-ya-cuantas-horas. Y cuando miras a tu alrededor, te das cuenta que todos est&aacute;n como t&uacute;, en una especie de trance que consiste en ver pel&iacute;culas, comentarlas hasta el cansancio, hablar con sus creadores para que te sigan hablando de ellas, escribiendo, comiendo e incluso durmiendo con el celuloide.  <br />
<br />
As&iacute;, despu&eacute;s de una crisis existencial en la que empec&eacute; a preguntarme, &iquest;qu&eacute; diablos hago aqu&iacute;? Lleg&oacute; la invitaci&oacute;n al Festival de Cine de Roma. Seis noches en la ciudad eterna, &iquest;por qu&eacute; no? <br />
<br />
Y aterric&eacute; en un escenario diferente. No era la Croissette de Cannes ni los canales de Venecia que se han vuelto demasiado cotidianos. Se trataba de un lugar completamente nuevo, en el que hab&iacute;a que descubrir c&oacute;mo funcionaba la maquinaria de la imaginaci&oacute;n, de encontrar de nuevo en d&oacute;nde estaba la tribu cin&eacute;fila que da cobijo a los necios que como yo, sue&ntilde;an y viven a trav&eacute;s de la pantalla grande. Y entonces empec&eacute; a recordar por qu&eacute; esto es importante. <br />
<br />
Los festivales de cine son una especie de refugio en d&oacute;nde la vida cotidiana no tiene sentido, una especie de pausa en tu vida para volver a filosofar, pasar horas charlando acerca de si un personaje te movi&oacute; las entra&ntilde;as o no y de si aqu&eacute;l o cual director logr&oacute; engancharte. De las historias que tambi&eacute;n rondan en tu cabeza, de los finales que te hubiera gustado darle a esa protagonista y de las notas que crees que se quedaron en la autocensura de los creadores. <br />
<br />
Al final, son una oportunidad de volver a vibrar y de mirar a tu alrededor. En Cannes, por ejemplo, siempre termino con una necesidad imperante de volver a la normalidad. Tanto exotismo, tanta belleza, tanto de todo me acaba abrumando. Tras Venecia, siempre viene la nostalgia. Es el fin del verano, el momento de empezar a hacer cuentas de lo que se logr&oacute; y lo que no y de despedirse de los viejos amigos locales que hacen que la ciudad de los canales sea un enclave m&aacute;gico. <br />
<br />
En Roma, me pas&oacute; algo diferente. No puedo negar que pasar los d&iacute;as viendo cine en la tierra de Fellini, Visconti y en donde a&uacute;n est&aacute; el fantasma de la Cine Cit&aacute; fuera extremadamente placentero y que incluso algunas noches un par de pel&iacute;culas ("Pulce Non Ch&eacute;" y "Tricked") me hicieran volver a casa con los pies flotando sobre el suelo. O que esa lasa&ntilde;a al horno compensara las largas horas sin alimento y las piedras que te susurran historias al o&iacute;do me hicieran sentir tremendamente afortunada de haber elegido una profesi&oacute;n que me permite recorrer ciudades tan fascinantes.  <br />
<br />
Pero Roma tambi&eacute;n fue la puerta a otra realidad, pues cuando sal&iacute;a de la burbuja del festival todav&iacute;a con el olor y el sabor del celuloide en el cuerpo, empec&eacute; a encontrarme con los protagonistas de un drama. Los europeos. Y es que s&iacute;, los monumentos de la ciudad eterna siguen ah&iacute;, inamovibles y majestuosos. Pero su gente no tiene los mismos rostros. Los j&oacute;venes que hace unos a&ntilde;os se sent&iacute;an orgullosos y afortunados de su condici&oacute;n europea ahora gritan en el Coliseo, en la Puerta del Sol, en las calles aleda&ntilde;as al Parten&oacute;n. Est&aacute;n enfadados, porque no tienen futuro, porque les han robado la capacidad de so&ntilde;ar, de sentirse h&eacute;roes, protagonistas de su destino y los han relegado a papeles secundarios. <br />
<br />
En el aeropuerto de Fiumicino, la basura se apilaba a montones en el suelo, los trabajadores de la limpieza descargaban su rabia gritando con una voz rota su derecho a recuperar sus puestos de trabajo. Era m&aacute;s una s&uacute;plica que una amenaza. <br />
<br />
Me desped&iacute; de Roma con tristeza. Sintiendo el pulso de un enfermo que necesita ox&iacute;geno urgente. <br />
<br />
Y fue ah&iacute;, al pasar migraci&oacute;n y subir las escaleras el&eacute;ctricas a&uacute;n con el eco de un, <em>"vaffanculo, vogliamo lavoro"</em> que me dije a m&iacute; misma, "a esto vienes a los festivales, a mirar la realidad con otros ojos".]]></content>
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    <title>Un verano antes de Sandy</title>
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    <id>tag:www.huffingtonpost.com,2012:/theblog//3.2166023</id>
    <published>2012-11-20T12:14:47-05:00</published>
    <updated>2013-01-20T05:12:01-05:00</updated>
    <summary><![CDATA[Para muchas personas, los veranos después del Huracán Sandy, nunca serán iguales... Un relato de cómo pasé con mi esposa e hija unos días libres en Spring Lake, New Jersey, antes de la devastación. Un pequeño viaje, de sólo tres días, que siempre recordaremos.]]></summary>
    <author>
        <name>Alejandra Musi</name>
        <uri>http://www.huffingtonpost.com/alejandra-musi/</uri>
    </author>
    <content type="html" xml:lang="es" xml:base="http://www.huffingtonpost.com/alejandra-musi/"><![CDATA[<img alt="spring lake" src="http://i.huffpost.com/gen/871119/thumbs/s-SPRING-LAKE-large300.jpg?4" /><br />
<br />
Cuando tomamos el tren rumbo a Spring Lake era casi el final del verano. Quer&iacute;amos experimentar esos d&iacute;as de playa tan venerados por los neoyorquinos que abandonan sus departamentos en Manhattan y salen corriendo cada fin de semana a refugiarse en las peque&ntilde;as ciudades que bordean el Atl&aacute;ntico nada m&aacute;s llega el buen tiempo.<br />
<br />
La zona m&aacute;s famosa son los Hamptons. Descartada por cara y atiborrada de gente, pensamos mi esposo y yo. Finalmente, encontramos una ruta alternativa: Spring Lake, un adorable pueblito en la costa de New Jersey con soberbias mansiones y una playa kilom&eacute;trica y as&eacute;ptica en la que no hay ni un chiringuito. No importa, mientras nuestra hija est&eacute; contenta y pueda jugar en la arena lo dem&aacute;s da igual, concluimos. <br />
<br />
Y as&iacute;, nos embarcamos en un peque&ntilde;o viaje, de s&oacute;lo tres d&iacute;as, que siempre recordaremos. <br />
<br />
Encontrar un lugar en el que quedarnos con una ni&ntilde;a de dos a&ntilde;os no fue cosa f&aacute;cil, s&oacute;lo un par de <em>Bed and Breakfast</em> y contad&iacute;simos hoteles est&aacute;n dispuestos a lidiar con la energ&iacute;a de los peque&ntilde;os. Y es que lo suyo en Spring Lake es rentar una casa gigantesca, y compartirla con amigos. Demasiado tarde.<br />
<br />
Fue as&iacute; como llegamos a Villa Park House, una casa antigua de estilo victoriano reformada por Matthew Schmid. Despu&eacute;s de darnos nuestra habitaci&oacute;n, un peque&ntilde;o y acogedor rinc&oacute;n lleno de detalles, Matthew nos prepar&oacute; un kit con todo para ir a la playa: sillas, sombrillas y toallas. Deseando el sol, corrimos hacia el mar. Nos encontramos con la arena limpia, el azul Atl&aacute;ntico, las familias de turistas y locales que disfrutaban de la espl&eacute;ndida tarde. Volvimos al hotel renovados tras quitarnos Manhattan de encima. <br />
<br />
A la ma&ntilde;ana siguiente, Matthew nos prepar&oacute; el desayuno, como hace con cada uno de sus hu&eacute;spedes. Le encanta cocinar y se nota en cuanto das el primer mordisco a su creaci&oacute;n matutina. "Trabaj&eacute; muchos a&ntilde;os como el director de banquetes del Waldorf Astoria", nos dijo en tono anecd&oacute;tico. Entonces entendemos su gusto por los detalles y por qu&eacute;, ese omelette es una fiesta tanto para los ojos como para el paladar. "Lleg&oacute; un momento en el que mi mujer y yo decidimos que quer&iacute;amos tener una vida m&aacute;s tranquila, un lugar m&aacute;s adecuado para poder criar a nuestros hijos y verlos crecer. Pasar tiempo con ellos. Ya saben, en Manhattan no hay tiempo m&aacute;s que para trabajar y esto, &iexcl;esto es un para&iacute;so!", agreg&oacute; el orgulloso due&ntilde;o de la acogedora mansi&oacute;n mientras nos serv&iacute;a un capuchino. <br />
<br />
Con el est&oacute;mago agradecido, volvimos a repetir la rutina playa-siesta-cena. Y nos llenamos los ojos de atardecer y nos sentimos plenos.  <br />
<br />
S&oacute;lo dos meses despu&eacute;s, encend&iacute; la televisi&oacute;n con apuro y lo primero que me dije es, "por suerte tenemos luz", y empezamos a mirar en las noticias las costas de New Jersey destrozadas. Los malecones hechos trizas, los &aacute;rboles convertidos en proyectiles letales. La naturaleza se puso furiosa, <a href="http://voces.huffingtonpost.com/news/huracan-sandy" target="_hplink">los meteor&oacute;logos le dec&iacute;an Sandy</a>. Y empec&eacute; a preguntarme &iquest;Qu&eacute; habr&aacute; sido de Matthew? &iquest;De su hermosa casa cercana al mar? &iquest;De su mujer? &iquest;De sus hijos? <br />
<br />
Sent&iacute; una tristeza, ego&iacute;sta, al saber que para muchas personas los veranos despu&eacute;s de Sandy, nunca ser&aacute;n iguales. <br />
<br />
<strong>M&Aacute;S DEL HURAC&Aacute;N SANDY EN FOTOS:</strong><br />
<br />
<center><a href="#comments"><strong>&iquest;Te pareci&oacute; interesante esta historia?<br>Mira qu&eacute; opinan otros y deja tu comentario aqu&iacute;</strong></a></center><br><br />
<br />
<HH--236SLIDEEXPAND--259705--HH>]]></content>
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    <title>Batallas de 'playgrounds' o el precio de vivir en una sociedad 'desarrollada'</title>
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    <id>tag:www.huffingtonpost.com,2012:/theblog//3.1733911</id>
    <published>2012-08-02T14:00:49-04:00</published>
    <updated>2012-10-02T05:12:06-04:00</updated>
    <summary><![CDATA[Nueva York, una ciudad en la que cada metro cuadrado cuesta cientos de dólares, se especializa en playrooms y playgrounds, habitaciones destinadas a ofrecer un poco de calma a los padres que buscan un respiro en sus minúsculos apartamentos. Bien establecida la escena, podrán imaginar que estos lugares repletos de criaturas indefensas -en teoría- se vuelven una fotografía de la sociedad y sobre todo, de sus usos, costumbres, egoísmos y... enfermedades.  Como esta anécdota en donde una niñera terminó con derrame ocular.]]></summary>
    <author>
        <name>Alejandra Musi</name>
        <uri>http://www.huffingtonpost.com/alejandra-musi/</uri>
    </author>
    <content type="html" xml:lang="es" xml:base="http://www.huffingtonpost.com/alejandra-musi/"><![CDATA[<img alt="bebes playground" src="http://i.huffpost.com/gen/713488/thumbs/s-BEBES-PLAYGROUND-large300.jpg?4" /><br />
Es incre&iacute;ble lo que se puede aprender en un <em>playroom</em>: esos setenta metros cuadrados (a veces m&aacute;s, a veces menos) llenos de legos, juegos educativos, <em>nannies</em>, ni&ntilde;os de 2 meses a 6 a&ntilde;os en promedio y, por supuesto, sus padres.<br />
<br />
Nueva York, una ciudad en la que cada metro cuadrado cuesta cientos de d&oacute;lares, se especializa en estas habitaciones destinadas a ofrecer un poco de calma a los padres que buscan un respiro en sus min&uacute;sculos apartamentos.<br />
<br />
Bien establecida la escena, podr&aacute;n imaginar que estos lugares repletos de criaturas indefensas -en teor&iacute;a- se vuelven una fotograf&iacute;a de la sociedad y sobre todo, de sus usos, costumbres, ego&iacute;smos y... enfermedades. Lo mismo aplica para los <em>playgrounds</em>: esos encantadores parques con jueguitos al aire libre bien cercados y con piso de goma que abundan por Manhattan.<br />
<br />
Para salir bien aireado de una tarde de <em>playroom </em>o <em>playground </em>no s&oacute;lo es importante ser una persona razonable y cabal sino tambi&eacute;n aprender ciertos c&oacute;digos de comportamiento.<br />
<br />
Por ejemplo, que las cosas que el ni&ntilde;o lleva al lugar se tienen que compartir. Si tu ni&ntilde;o baja con una bolsa de palomitas y los quince ni&ntilde;os del <em>playroom</em> corren despavoridos hacia ella, hay que repartir. Aunque tu ni&ntilde;o llore amargamente e intente defender su joya a pu&ntilde;etazos.<br />
<br />
Tema aparte son los golpes. Si tu ni&ntilde;o golpea, hay que llevarlo a pedir una disculpa y decirle lo malo malo malo que fue. Si tu ni&ntilde;o es golpeado, hay que esperar la disculpa del ni&ntilde;o y su padre (o cuidador) y poner cara de, "hombre, por favor, son ni&ntilde;os, no pasa nada", aunque por dentro te lleven los mil demonios al ver c&oacute;mo tu polluelo derrama l&aacute;grimas de cocodrilo.<br />
<br />
Pero, aunque &eacute;ste parece un tema de ni&ntilde;os, si se mira bien, aplica igual para el mundo adulto. Si llevas a la oficina algo de comida, no puedes no ofrecer. Si tu jefe te pide que te quedes hasta las ocho de la noche porque hay que entregar un proyecto urgente, no puedes decirle que no aunque tu instinto sea no querer hacerlo, etc.<br />
<br />
El problema ocurre cuando algo no funciona, o alguien no hace lo correcto y se rompe todo el sistema. Cuando nos sentimos vulnerables.<br />
<br />
Ayer, por ejemplo, un ni&ntilde;o de estos encantadores <em>playgrounds</em> arroj&oacute; con furia un cochecito a la <em>nanny</em> de otro ni&ntilde;o en el parque. El ni&ntilde;o estaba enfadado porque la ni&ntilde;era reclamaba el cochecito que el mini agresor en cuesti&oacute;n le hab&iacute;a quitado con golpes al ni&ntilde;o que cuidaba. En su declaraci&oacute;n de guerra, el inconforme le estrell&oacute; el coche a la mujer en el ojo izquierdo. Derrame ocular incluido y todo.<br />
<br />
La <em>nanny</em>, asustada, no supo qu&eacute; hacer. Simplemente se limit&oacute; a ponerse hielos en el ojo que las dem&aacute;s mam&aacute;s le facilitaron, incluida su jefa.<br />
<br />
Acto seguido, esperamos a que la madre del ga&ntilde;&aacute;n viniera a disculparse. Nunca ocurri&oacute;. Sigui&oacute; sentada tan campante refresc&aacute;ndose con su abanico.<br />
<br />
Siguiente paso: ir a reclamar. La jefa de la <em>nanny</em> herida fue a hablar con la madre del<br />
agresor. "Ya le he dicho a Norman que no debe aventar cosas pero no me hace caso, s&oacute;lo tiene dos a&ntilde;os. <em>I'm sorry</em>", fue lo &uacute;nico que le dijo la se&ntilde;ora con actitud molesta por el reclamo.  R&aacute;pidamente le dio la espalda a la demandante y sigui&oacute; hablando con sus amigas ignorando la situaci&oacute;n.<br />
<br />
En ese momento saltaron las alarmas de lo que realmente se esconde debajo de todo. En Nueva York, una consulta m&eacute;dica para alguien que no tiene los recursos para pagarse un seguro m&eacute;dico que cuesta en promedio 500 d&oacute;lares mensuales, puede ser desorbitante. Una visita al especialista, por ejemplo, puede ir desde los 500 hasta los 1500 d&oacute;lares (si es que hay que hacer rayos X u otro tipo de estudios). Quinientos d&oacute;lares tambi&eacute;n es la cifra aproximada que cuesta una revisi&oacute;n de emergencia en un hospital. Si &eacute;sta deriva en tener que internar al paciente o hacerle estudios ya se<br />
pueden ir preparando los miles de d&oacute;lares en la tarjeta de cr&eacute;dito.<br />
<br />
Teniendo en cuenta que un gran n&uacute;mero de las <em>nannies</em> que trabajan en la Gran Manzana son inmigrantes ilegales y, en caso de no serlo, por lo general no cuentan con los recursos para pagarse un seguro m&eacute;dico, es f&aacute;cil entender por qu&eacute; ante un acontecimiento as&iacute; nadie se atreve a reaccionar. <br />
<br />
En el pa&iacute;s de las demandas, cualquier cosa que se diga puede ser usada en tu contra. As&iacute;, es mejor que la madre del agresor opte por no darle importancia al asunto, pues si se la da, est&aacute; expuesta a tener que pagar una fortuna en doctores e indemnizaci&oacute;n. La jefa de la <em>nanny</em> no tiene un mejor escenario, pues comprometerse a pagarle un tratamiento a una persona sin seguro m&eacute;dico puede dejar en la ruina a cualquiera.<br />
<br />
&iquest;La m&aacute;s afectada? La ni&ntilde;era. Probablemente sin papeles, sin conocimiento del idioma y a expensas de lo que otras personas decidan hacer de acuerdo a su conveniencia y posibilidades.<br />
<br />
&iquest;El resultado? Nada. Unas madres indignadas viendo con cara de pena a la pobre <em>nanny</em>, una jefa sinceramente preocupada por la situaci&oacute;n pero sin saber muy bien qu&eacute; hacer y otras madres intentando pasar desapercibidas y escaparse del <em>playground</em>.<br />
<br />
Mucho hielo, unas gotitas para el ojo y a llevar a los ni&ntilde;os a ba&ntilde;ar y a cenar.<br />
<br />
Menos mal que estamos en un pa&iacute;s "desarrollado".<br />
<br />
GALER&Iacute;A RELACIONADA:<br />
<br />
<HH--236SLIDEEXPAND--232703--HH>]]></content>
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    <title>Ver llover en Nueva York</title>
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    <published>2012-07-20T14:45:52-04:00</published>
    <updated>2012-10-05T17:14:40-04:00</updated>
    <summary><![CDATA[En una conversación con Woody Allen tras el estreno de su aclamada "Midnight in Paris", me dijo que le encantaban las ciudades bajo la lluvia. Especialmente Nueva York y París. Desde entonces me quedé con la idea de que existen tres tipos de personas: las que aman la lluvia, las que la odian y a las que simplemente les gusta ver llover tras la ventana. En Nueva York, esto queda muy claro.]]></summary>
    <author>
        <name>Alejandra Musi</name>
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    </author>
    <content type="html" xml:lang="es" xml:base="http://www.huffingtonpost.com/alejandra-musi/"><![CDATA[<img alt="woody allen" src="http://i.huffpost.com/gen/695490/thumbs/s-WOODY-ALLEN-large300.jpg?4" /><br />
En una conversaci&oacute;n con <a href="http://www.huffingtonpost.com/news/woody-allen" target="_hplink">Woody Allen</a> tras el estreno de su aclamada "Midnight in Paris" (la cinta con la que m&aacute;s dinero ha recaudado el cineasta en su historia), Allen me dijo que le encantaban las ciudades bajo la lluvia. Especialmente Nueva York y Par&iacute;s.<br />
<br />
Desde entonces me qued&eacute; con la idea de que existen tres tipos de personas: las que aman la lluvia, las que la odian y a las que simplemente les gusta ver llover tras la ventana. En <a href="http://voces.huffingtonpost.com/news/nueva-york" target="_hplink">Nueva York</a>, esto queda muy claro.<br />
<br />
En una ciudad en la que siete meses del a&ntilde;o se vive bajo abrigos, bufandas y botas es normal ver c&oacute;mo nada m&aacute;s salir un rayo de sol y rozar temperaturas primaverales, la gente corre por sus <em>flip-flops</em> para mostrar orgullosa sus carnes blancas y la pedicura reci&eacute;n hecha.<br />
<br />
No ocurre lo mismo cuando llueve.<br />
<br />
La ciudad se divide dr&aacute;sticamente en los que con actitud de "Am&eacute;lie" brincan charcos divertidos con sus botas de agua de colores y dise&ntilde;os llamativos y los que -con cara de pocos amigos- salen a la calle con los paraguas que, m&aacute;s que un remedio contra la lluvia, parecen un arma letal dispuesta a herir a cualquier despistado o torpe que se cruce por el camino.<br />
<br />
Por &uacute;ltimo est&aacute;n los que se quedan en casa a ver llover. Y ah&iacute; es donde puedo imaginarme a Woody Allen sentado en su departamento del <em>Upper East Side</em>, frente a su vieja m&aacute;quina de escribir Olivetti tramando un nuevo gui&oacute;n o practicando una pieza de jazz con su clarinete. Seg&uacute;n el mismo director cuenta, no hay nada m&aacute;s relajante que ver c&oacute;mo la lluvia transforma el ambiente de las grandes ciudades. Para &eacute;l, es una experiencia que s&oacute;lo se compara al placer de refugiarse en el cine por un par de horas y olvidar lo miserable de la vida. Y si es el cine Par&iacute;s, frente al m&iacute;tico Hotel Plaza, mejor.<br />
<br />
Pero Woody no es el &uacute;nico. Otro neoyorquino que de peque&ntilde;o sol&iacute;a mirar caer la lluvia tras la ventana es <a href="http://www.huffingtonpost.com/news/martin-scorsese" target="_hplink">Martin Scorsese</a>. Era un ni&ntilde;o enfermizo que no pod&iacute;a darse el lujo de darse un chapuz&oacute;n de agua de nubes. As&iacute; que en su casa de Queens, mientras su madre cos&iacute;a pantalones, el director imaginaba sus historias acompa&ntilde;ado por el murmullo del chipi-chipi.<br />
<br />
Es por ello que en semanas como &eacute;sta en las que el cielo no para de llorar, me digo a m&iacute; misma que algo debe tener la lluvia que inspira, enfada, alegra, adormece o paraliza. Al menos, en Nueva York.<br />
<br />
<img alt="manhattan lluvia" src="http://i.huffpost.com/gen/695461/thumbs/o-MANHATTAN-LLUVIA-570.jpg?4" />]]></content>
    <link href="http://i.huffpost.com/gen/695461/thumbs/s-MANHATTAN-LLUVIA-mini.jpg" type="image/jpeg" rel="enclosure"/>
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