Alex Ramirez-Arballo

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Polvo y paja: Sexto A

Publicado: 21/11/2012 15:20

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Tengo una obsesión: la persona. En algún momento que no puedo definir del todo, recuerdo que se me presentó como una realidad incuestionable el prodigio de la existencia humana. Tal vez por eso, quizás sea por eso, que me he dedicado a estudiar mi lengua española; de todos los misterios que conforman al ser humano, nada me sorprende tanto como la capacidad de comunicarnos a través del lenguaje. Existe algo más, ahora que lo pienso bien, algo que me entusiasma y me hace creer que sí, que existe una esperanza para todos nosotros; me estoy refiriendo a la capacidad de resistir ante el dolor. Las personas poseemos una capacidad sorprendente de adaptación a las condiciones más duras, a las circunstancias más adversas. De esto quiero hablar ahora un poco.

En algunos medios de México y de los Estados Unidos apareció la historia de Paloma Noyola Martinez, una niña tamaulipeca que alcanzó fama a nivel nacional debido a su sobresaliente desempeño académico, especialmente en una asignatura que suele ser el "coco" de todos: las matemáticas. El hecho de que una niña destaque en tan complicada materia es en sí mismo sobresaliente; sin embargo, hay algo más que debe destacarse: Paloma vive en una de los lugares más empobrecidos de Matamoros, Tamaulipas, un lugar que había sido literalmente un basurero. La niña ha perdido recientemente al padre y es la más pequeña de seis hermanos. Dicen de ella que es callada, distante, algo tímida y risueña; sus profesores le reconocen ese poder intelectual que la ha colocado con el puntaje más alto en una reciente evaluación realizada a los estudiantes mexicanos.

Con todo en contra, Paloma lucha, se esfuerza, tiene fe. Se aferra a las matemáticas porque tiene el talento para ello y porque, como muy pocas personas lo experimentan en la vida, es inteligente y es consciente de su inteligencia. Tiene el apoyo de sus profesores, que hacen lo que pueden, que saben muy bien que es muy difícil que las letras -y los números- entren a la cabeza cuando el estómago está vacío. Debe trabajar con el miedo metido en el cuerpo, el miedo de los débiles, los que deben vivir día a día rodeados por las bestias del hambre y la violencia. Pido al cielo para que a esta niña no se le acaben nunca las fuerzas.

La vida, que le ha puesto a Paloma un gran número de obstáculos, se ha encargado también de mostrarle la mezquindad humana. Los políticos, que siempre se aprestan a posar para las fotos, prometieron frente a los micrófonos de la prensa que se encargarían de otorgarle a la pequeña apoyos económicos que le permitieran desarrollar y pulir ese enorme talento que sin duda alguna Dios le ha dado. Nada ha pasado. Después de que se disipó "la bola" y la gente volvió a hundirse en su rutina, Paloma tuvo que volver a su realidad de marginación e indiferencia. Desde ahí continúa trabajando con todas sus fuerzas, con los ínfimos recursos materiales de su escuela, con el amor y la entrega de sus profesores, para conseguir algún día salir de ese mundo en el que la precariedad es la regla. Debo advertir aquí que las estadísticas no están de su lado: tiene menos de un diez porciento de probabilidades de no morir en la miseria.

Ser migrante
Es abandonar el pasado, la memoria, los huesos de los muertos queridos. Emigrar es atreverse a andar en tierras desconocidas, buscando una vida mejor y asumiendo el riego de ello en un mundo como el nuestro, en el que algo tan elemental como luchar por el desarrollo personal y material de nuestra existencia se considera un atrevimiento. Como profesor que soy, constantemente tengo entre mis alumnos a muchachos que han abandonado su país de origen empujados por el hambre, por la violencia o por la simple falta de oportunidades; en ellos veo el miedo, la duda, es verdad, pero también la emoción y ese valor delicioso e inconsciente que solo suele verse entre los muy jóvenes. Muchos de esos migrantes jóvenes no pidieron venir a los Estados Unidos: fueron traídos por la dolorosa decisión tomada por sus padres. Se ven ahora en un mundo prestado, en una realidad que no pueden reclamar como propia y en la que muy probablemente tengan las mejores oportunidades para desarrollar sus capacidades, sus talentos y sus sueños. Que no muera ese sueño para que no muera la justicia.


Dar gracias
Dar las gracias es un acto de generosidad moral. Quien agradece reconoce que los demás, o Dios, son necesarios para que nuestra vida sea verdaderamente plena. Sin la participación de las otras personas, nuestros días serían absolutamente imposibles. Pensemos en la gente que no vemos pero que realizan acciones fundamentales para que la vida en sociedad se mantenga: quienes recogen la basura, quienes dan mantenimiento a los servicios básicos de la comunidad, quienes producen o cosechan los alimentos que nuestro cuerpo necesita día a día para vivir. Agradecer es reconocer. Agradecer es darles a los demás la satisfacción que solo puede experimentar quien sabe que sus esfuerzos no son en vano. Cuando agradecemos apreciamos, le otorgamos al otro una dignidad propia de su humanidad.

Esta semana se celebra el día de Acción de Gracias en los Estados Unidos y a mí me encanta que, más allá de las obvias y evidentes degeneraciones del consumismo, exista en el calendario una fecha señalada, un momento durante el año en el que podamos pensar un momento en la necesidad de dar las gracias. Me encantaría que esta fecha feriada fuera asumida por otros países y que los padres de familia hicieran verles a sus hijos la importancia personal y comunitaria del ser agradecido.

Postdata
Llegará un día en el que no pueda dejar mi cama, en el que mis facultades se hayan debilitado tanto que no pueda hacer lo que hoy, bendito Dios, puede hacer sin ningún problema; por ejemplo, ahora estoy escribiendo y en cuanto termine de hacerlo voy a poner manos a la obra en otros tantos proyectos que están esperando por mis manos, cabeza y corazón. Llegará un día en el que todo esto que estoy haciendo ahora sea memoria, que no es otra cosa que uno de los tantos nombres del sueño. Mientras tanto, pues, mientras llega ese día en el que sea preciso detenerme, no puedo darme el lujo de quejarme o sentirme agobiado por mis responsabilidades.

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