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Alex Ramirez-Arballo

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Polvo y paja: La política del garrote

Publicado: 04/12/2012 16:42

ciudad de mexico

Los diarios mexicanos dan cuenta de un momento álgido. Los encargados de organizar la ceremonia de transición de poderes se han afanado en hacerse notar: durante días han cercado el recinto en el que se realizará la ceremonia oficial, perturbando -como es muy fácil entender- las vías naturales de desplazamientos de los pobladores del Distrito Federal.

Se argumenta -como también es muy fácil entender- que existen motivos de seguridad que obligan a los estamentos de seguridad del estado a tomar todas las precauciones habidas y por haber para evitar poner en riesgo la integridad de los distinguidos asistentes al evento, entre ellos, por supuesto, la del actor principal, el presidente electo de México Enrique Peña Nieto. No discuto, nada más lejano de mi intención, que en cualquier evento público en el que existan aglomeraciones y presencia de personajes dirigentes, pues es obligado montar un operativo de coordinación de fuerzas que busque que todo el asunto se desenvuelva sin sobresaltos.

Sin embargo, creo que en el caso mexicano lo que estamos atestiguando es algo que va más allá, algo que debe leerse como una declaración de principios -y hasta cierto punto una continuación- de las formas en el ejercicio el poder; en otras palabras, lo que vemos es un desplante, una afirmación del carácter personal de gobierno que sin duda alguna va a caracterizar el sexenio que apenas comienza. Para el ganador todo, para el perdedor nada, como afirma el dictum; lo lamentable es que el perdedor es en este caso, como siempre lo ha sido, el futuro del país, que siempre ha estado en manos de unos cuantos y de una casta política afianzada en tradiciones caciquiles, cuando no simplemente feudales.

Nos encontramos de cara a una regresión que bien pudiera entenderse como un saltar de la sartén hirviente para caer a las brasas. Pregunto: ¿alguien, en serio, esperaba algo diferente?


El medio y la consigna

Creo, lo digo a la menor provocación, que la crítica debe ser la función principal de los medios de comunicación. Al criticar, el periodista se encuentra realizando un servicio a la sociedad: ayuda en el proceso de discernimiento de la realidad y de las circunstancias. Sin embargo, tengo la sensación de que constantemente se abusa de esto; es decir, se deja de lado la función analítica y se valida en la práctica la injuria y el desprecio sistemático.

Se trata de un asunto no menor, pues el discurso es responsable de formar una opinión generalizada, lo que fácilmente puede abrir las puertas a la validación del insulto como recurso de la razón. Esto es un absurdo en sí mismo. Se debe critica -es pecado periodístico el no hacerlo- pero jamás puede recurrirse a la vileza, pues esto empobrece y corrompe siempre. Existe una diferencia entre lo que ocurre en el territorio de las redes sociales, ajeno a todo deber ético, y lo que debe suceder en las páginas de los medios escritos, obligados siempre a regirse por ciertos principios rectores.


Postdata

La vida es algo siempre presente, algo que nos está ocurriendo a cada instante. Constantemente olvidamos esto y nos instalamos en la ilusión o la nostalgia; al escapar del aquí y el ahora, estamos negándonos la dulce responsabilidad de crearnos y recrearnos infinitamente. Sin importar cuáles sean nuestras circunstancias personales, todos podemos recuperar la conciencia de ser y estar, de saber que la vida no es una idea sino una realidad que encarna en nuestro cuerpo y en nuestros pensamientos.


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