En silencio, casi a oscuras, a puertas cerradas, en un grupo minúsculo y poderoso, se desarrolla en estos días el debate migratorio.

Los deliberantes son “the Gang of Eight”, la pandilla de ocho: cuatro senadores republicanos, cuatro demócratas.

Se reúnen varias veces por semana en las oficinas del republicano John McCain o del demócrata Charles Schumer. Hablan de aspectos tales de la legislación migratoria como fronteras seguras y de trabajadores temporarios… y esta vez, son serios.

Sus otros miembros son los demócratas Dick Durbin, Robert Menéndez y Michael Bennet y los republicanos Marco Rubio, Lindsey Graham y Jeff Flake.

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El anhelo del grupo es finiquitar a la brevedad un texto legal básico - lo que los expertos del Congreso llaman “un lenguaje” - con los principales lineamientos de la reforma migratoria, para poder comenzar el debate parlamentario, abierto e histórico, el mes próximo.

Su mera existencia es el resultado de un cambio gigantesco, que se fue acumulando por años de marchas multitudinarias de inmigrantes latinos y lucha de miles de los estudiantes DREAMers, pero que hizo eclosión el 6 de noviembre pasado. Aquel día, casi tres de cada cuatro votantes latinos apoyaron la reelección del presidente Obama y rechazaron las ideas republicanas de mano dura, deportación, negación de esperanzas para los indocumentados, y lo que percibieron como desprecio y rechazo.

En consecuencia, los republicanos debieron cambiar, para “limpiar la mesa” del tema migratorio y con la esperanza de recuperar al menos una parte del voto latino. El cambio, cuyo catalizador fueron las elecciones, representó el regreso del ala moderada del partido y el repudio a la facción más extremista.

Sólo después de las elecciones pudo el republicano Carlos Gutiérrez, exsecretario de Comercio en el gobierno de George W. Bush, decirle a su entrevistador de Univisión ésto:

“Perdimos, Jorge, porque la extrema derecha domina el partido”.

Entonces, cambiaron. Y ahí están, debatiendo, debatiendo, pero entre ellos. Solos. Ausentes están quienes marcharon gritando “Sí se puede” y “El pueblo unido jamás será vencido”, o los soñadores que arriesgaron su deportación.

A pesar de esa ausencia, las señales son esperanzadoras para los proponentes de la reforma migratoria. La esperanza proviene de que, de manera espectacular, se erosiona la oposición republicana a que la solución migratoria incluya la opción de la ciudadanía. Es decir: el derecho al voto para 11 millones de indocumentados.

El senador Rand Paul de Kentucky, representante del movimiento Tea Party, en una reunión de la Cámara de Comercio de Estados Unidos este fin de semana, aceptó lo inevitable.

“La prudencia, la compasión, el ahorro, todos indican el mismo objetivo: sacar a estos trabajadores fuera de las sombras para que se conviertan y sean miembros contribuyentes de la sociedad”.

Hasta hace poco, dice el New York Times, la solución migratoria de Rand Paul eran una cerca electrónica y patrullas de helicópteros en la frontera.

La oposición a la ciudadanía para los legalizados tenía y tiene como base el temor de que los nuevos votantes se vuelquen en masa para apoyar a los demócratas.

La pandilla de ocho había prometido presentar sus conclusiones a fines de marzo. Un comité paralelo en la Cámara de Representantes había dicho que haría lo propio una semana después, según anunció el congresista demócrata Steny H. Hoyer.

Casi se podría decir que el camino a la reforma migratoria ya está pavimentado.

Un momento. Not so fast.

Para algunos, el proceso es demasiado veloz, el cambio demasiado drástico, la pendiente demasiado empinada.

Tienen vértigo.

Este martes, un grupo de importantes senadores, miembros del Comité de Asuntos Judiciales, escribió una carta pública al presidente del comité Patrick Leahy, pidiendo que el ritmo de avance sea más lento y las negociaciones más abiertas.

“Si llegamos a traer estos asuntos tan importantes a votación en el plenario del Senado sin que sean ventilados y estudiados en el comité, se tratará de una fórmula para un verdadero problema”.

Firman la carta Jeff Sessions, Chuck Grassley, Mike Lee, Ted Cruz, Orrin Hatch y John Cornyn.

Y el mismo Leahy reconoció este miércoles que los debates están tomando demasiado tiempo. Dentro de pocos días, el Senado saldrá de vacaciones por dos semanas por las Pascuas y no volverá a debatir hasta el 8 de abril.

Grupos de opositores a la reforma migratoria planean salir a las calles en protesta ni bien los senadores hagan pública su propuesta migratoria. Su oposición será fuerte, estentórea.

También podrían retardar el proceso las próximas sesiones de confirmación en el Senado de Thomas Perez, el candidato del presidente Obama a secretario de Trabajo.

Perez, quien encabeza la división de Derechos Civiles en la secretaría de Justicia, ha generado férrea oposición entre republicanos.

En parte, por haber promovido demandas contra leyes estatales que limitaban el derecho al voto y que fueron promulgadas justo antes de los últimos comicios.

Pero más que ello, porque lo consideran un artífice de la reforma migratoria, un amigo de “los ilegales” y un símbolo del crecimiento del poder latino en el ámbito nacional.

Por eso, el senador David Vitter de Louisiana ya anunció que tratará de bloquear con maniobras parlamentarias el voto. Y Jeff Sessions de Alabama criticó a Perez “por ser demasiado agresivo en su ayuda a que inmigrantes indocumentados hallen trabajo cuando era miembro del grupo de activistas Casa de Maryland”, según informaba este lunes el Huffington Post.

“Sus ideas sobre la inmigración ilegal están muy por afuera de la corriente política principal”, dijo Sessions. Similares críticas expresó el senador Charles Grassley de Iowa.

Éstos y otros políticos esperan que los debates públicos magnifiquen su voz y revaliden su postura, que en lugar de la “amnistía” propone como “solución” migratoria la deportación (o, en la versión incoherente de quien fue el candidato presidencial republicano Mitt Romney, autodeportación) de los indocumentados, una idea que hasta hace muy, muy poco, parecía ser extremadamente popular.

Es cierto: varios factores podrían interponerse contra la reforma migratoria.

Pero a juzgar por las declaraciones de los protagonistas políticos, ninguno de ellos parece suficientemente poderoso para detener este tren sin frenos.

A lo sumo, solo postergarán lo que hoy parece inevitable.

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  • Los Angeles: Miles reclaman reforma migratoria

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