Segunda de tres partes
Lee aquí la primera parte

Después de transitar cerca de una hora por un polvoso camino de tierra se llegó al poblado de Piñón, en donde estaba la familia Johnson, que invitaron a pasar a su casa, algo nada común entre los miembros de la reserva navajo. Marshall Johnson, el patriarca, se dedica a cuidar y a entrenar los caballos de la escuela primaria de Piñón, porque todavía en la reserva india montar caballo es parte de la enseñanza local. Nicole, su esposa, es profesora. Ambos están comprometidos en la lucha por mejorar la calidad de vida de los suyos.

Marshall Johnson explica con palabras elocuentes el drama que vive su comunidad.

"No es posible que seamos un pueblo con tantas carencias cuando somos ricos en recursos naturales y cultura. Nuestra tierra alimenta a millones de personas y nosotros no recibimos lo que deberíamos a cambio de nuestra agua y carbón, que es con lo que generan energía y abastecimiento para las ciudades de Tucson, Phoenix y parte de California. Les damos tierra sana y nos devuelven tierra contaminada, inservible para la crianza del ganado o la agricultura. Les damos agua potable y nos regresan agua envenenada con uranio y aluminio. Nosotros tenemos que abastecernos con pipas y comprar el agua. Pagamos siete veces más por un galón de agua que lo que paga un residente de Phoenix. Y por si fuera poco, es inconcebible que se utilice agua potable para la generación de electricidad. Las personas que viven cerca de las centrales eléctricas de carbón están expuestas a mayores riesgos para la salud por causa de la contaminación proveniente de las minas y centrales eléctricas porque muchos contaminantes, como metales y dioxinas, pueden desplazarse a centenares o aún a miles de millas a la redonda".

Luego Johnson denuncia que la empresa minera Peabody, que extrae carbón de sus tierras, no solo ha contaminado la zona, sino que también ha destruido sus sitios sagrados.

"Para el gobierno y para la empresa, nuestras tradiciones no tienen valor alguno, y menos les importa nuestro amor por la naturaleza, nuestra historia y tradiciones. Prácticamente se ha apropiado de nuestras tierras. Nos prometen una mejor calidad de vida, y llevamos años sin que esto suceda".

En varias ocasiones se trató de obtener la reacción de la empresa Peabody en relación con estos comentarios; sin embargo, no se recibió respuesta alguna.

Johnson dice que los tratados de su tribu con el gobierno y las empresas han sido un abuso y una mentira porque se han aprovechado de la buena intención de sus ancestros, como en el caso de Simón, un navajo de 80 años a quien se visitó más tarde. Afirma que no existe respeto por los viejos que dieron su vida en la mina, y que muchos de ellos se enfermaron o se accidentaron y que no tienen beneficios médicos o un retiro que les permita vivir con dignidad, y además viven con el gran temor de que sus hijos pierdan el trabajo en la mina.

"Lo cierto es que nuestras tierras abrieron paso al desarrollo energético", afirman Marshall Johnson y su esposa. "Y nadie se ha preocupado por los efectos negativos que ha causado el carbón y el uranio a todas nuestras generaciones. No respetan nuestra cultura".

Camino a la segunda visita con la familia de Simón, se cruzaron los terrenos donde se ubica la mina de carbón Peabody. Durante la travesía, la guía navajo mostró las montañas de carbón abiertas en el territorio navajo que antes eran praderas que servían para el cultivo y ganado, y que ahora son extensiones con relleno tóxico.

El nerviosismo de la guía, Wahleah Johns, fue evidente cuando el grupo se detuvo a tomar fotos en la cercanía de la mina, y dijo que Peabody tiene sistemas de seguridad instalados por toda la región.

"Es explicable la seguridad por cualquier atentado terrorista que pudiera acontecer, pero eso es muy diferente a que envíen inmediatamente agentes de seguridad cuando nosotros circulamos por los caminos que nos llevan a nuestras casas", explica. "La verdad es que muchos de nosotros vivimos con miedo porque ellos saben que estamos inconformes de que estén destruyendo nuestra tierra sagrada. Peabody no respeta nuestra cultura y espiritualidad, y la intolerancia religiosa en esta área es un hecho. A diferencia de otras culturas, los navajos no creemos haber llegado de otros lados, sino que la naturaleza hizo que surgiéramos de la tierra. Cada piedra, cada montaña y todo lo que nos rodea, tiene una historia ancestral, y no tienen derecho a destruirnos como pueblo".

Wahleah dice que ellos no pueden entender cómo es que el ser humano ha destruido en tan poco tiempo uno de los lugares más bellos del mundo. Sus praderas, pastos y formaciones excepcionales de roca roja que han hecho famoso a Arizona en incontables películas y fotografías.

"Nuestra tierra está contaminada por proveer recursos para otros, y la verdad son tantos los problemas que vivimos a diario que la lista sería interminable. No puedo entender cómo es que nosotros tenemos la riqueza y somos los que vivimos en extrema pobreza. Los intereses de carácter privado económicos que tienen en las minas de carbón prevalecen ante los derechos humanos de los indígenas", dijo.

Pasa igual que con el uranio

Wahleah Johns dice que muy poca gente sabe que sus tierras y agua son los que generan la energía eléctrica necesaria para que vivan millones de seres humanos. Y menos aún están enterados del grado de contaminación que generó la extracción de uranio que se hizo allí de los años 40 a los 80. La extracción de uranio fue una fuente de trabajo para los navajos, pero no sabían el peligro que representaba para ellos y sus familias porque nunca se tomaron precauciones contra la contaminación por radiación en su ropa, el agua y el aire.

"Los trabajadores respiraban polvo con partículas radioactivas de las minas a cielo abierto y subterráneas sin saber que llevaban residuos de uranio en su ropa, la cual se lavaba junto con la de toda la familia y con agua que estaba contaminada", explica Jake Hoyungawa, de 21 años de edad, productor y cinematógrafo de la tribu hopi, que comparte las tierras con los navajos.

"Como resultado aparecieron severos problemas de salud, incluyendo diversos tipos de cáncer, como sucedió con mi abuela y mi tía, que creció con un brazo deforme. Cuando el precio del uranio cayó en los años 80, las compañías abandonaron el lugar. No cubrieron las minas a cielo abierto, dejaron que la contaminación y radiación llegara al sistema de agua. El polvo radioactivo pasa de la tierra al único sistema acuífero del área, que se extiende por cientos de millas", explicó.

En la nación navajo existen más de 1,000 minas de uranio abandonadas y ya han pasado más de 50 años desde que el gobierno federal o las corporaciones ganaron millones de dólares con ellas.

Hoy en día pasa lo mismo con las minas de carbón. Los mineros del carbón pueden contraer una enfermedad pulmonar discapacitante y potencialmente mortal llamada neumoconiosis, mejor conocida como pulmón negro de los carboneros, causada por inhalación de cantidades excesivas de polvo de las minas de carbón. Ese polvo también puede causar enfisema y bronquitis.

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