Una semana después de las elecciones presidenciales, sus resultados y los acuciantes problemas de Estados Unidos quedaron desplazados, silenciados por el estruendo de un escándalo misterioso y llamativo, un caso que sorprende a cada rato. Sí, porque los desarrollos en la investigación que se hizo pública con la renuncia del general David Petraeus como jefe de la CIA son rápidos y bruscos.

Se trata de una combinación irresistible de alta política, sexo extramarital, decenas de miles de mensajes electrónicos de dudoso carácter, generales de cuatro estrellas y sus guerras, mujeres de sociedad, secretos de la seguridad nacional, posible corrupción y quién sabe qué más.

Un intento de recopilación es inevitablemente insuficiente: lo misterioso supera lo conocido. Lo que está por saberse, a lo ya publicado. Pero se pueden revisar los hechos principales, tal como los dieron a conocer los principales medios de comunicación.

Así, el viernes 9 de noviembre se dio a conocer que el general David Petraeus, jefe de la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos y hasta agosto de 2011 comandante de las fuerzas de EE.UU. en Irak y en Afganistán, había renunciado a su puesto.

En una declaración enviada a sus subalternos, el general reconoció el motivo de la renuncia: "Después de estar casado por más de 37 años he demostrado un juicio pobrísimo al tener una aventura extramarital… este comportamiento es inaceptable, tanto para un esposo como para el líder de una organización como la nuestra. Esta tarde, el Presidente amablemente aceptó mi renuncia".
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Allegados a Petraeus aclararon que el comandante no quería dimitir y que esperaba que el caso se olvidara sin darse a conocer públicamente.

El mismo viernes, publicaciones del calibre del New York Times, Washington Post y Wall Street Journal, habían identificado a la mujer implicada en esta relación, que finalizó en junio pasado, como Paula Broadwell de Charlotte, North Carolina, una graduada de la academia militar West Point y autora de la biografía de Petraeus: “All In: La educación del general David Petraeus", publicada en enero por Penguin Press.

Para entonces, la sensación general era de respeto por la supuesta entereza moral del afamado general. El senador republicano John McCain lo describió como uno de los grandes héroes militares de la historia estadounidense.

Al día siguiente, se anunció la cancelación de la audiencia en la que ante el Comité de Inteligencia del Senado, Petraeus iba a prestar testimonio sobre el ataque terrorista contra el consulado estadounidense en Bengazi. Sin embargo, este jueves 14 se dio a conocer que el exjefe sí iba a presentarse ante el comité, pero como civil.

El momento - el famoso timing - de la renuncia despertó sospechas de conspiración entre quienes consideran que el gobierno presidido por Obama ha ocultado su supuesta responsabilidad por el desastre en Libia, en el que fallecieron el embajador estadounidense y tres personas más.

Esto no sería todo. En una conferencia el 26 de octubre en la Universidad de Denver, la misma Broadwell dijo que el motivo del ataque contra el consulado había sido que la CIA tenía detenidos activistas libios y los atacantes querían ponerlos en libertad. Más alimento para quienes ven una conspiración detrás de todo, especialmente porque desde 2009, la CIA tiene prohibido efectuar estas detenciones. Broadwell pareció alardear que la información viene de Patraeus, pero los investigadores creen que la tomó de una noticia no confirmada, no repetida – y negada por todas las fuentes – transmitida aquel mismo día por Fox News.

Petraeus se había reunido con Obama el jueves pasado para presentar la renuncia. El mandatario la aceptó al día siguiente.

Dos días antes, día de las elecciones, Petraeus se había reunido con su jefe, el Director Nacional de Inteligencia, James Clapper, quien le recomendó que renunciase.

Así se desencadenó la crisis. Un anuncio tras otro. Descripciones biográficas y muy personales de Petraeus y su biógrafa-amante, Broadwell, quienes se conocían desde 2006. Así, se fue aclarando un cuadro difícil de creer, casi una comedia de equivocaciones, casi hilarante, si no fuese por la identidad de los implicados y el momento político.

La investigación de la FBI en el asunto comenzó cuando Jill Kelley, una mujer de 37 años de Tampa, Florida - ahora llamada "la otra mujer", que ayuda al ejército en reuniones sociales, comenzó a recibir mensajes electrónicos que contenían amenazas, instándola a abandonarlo a "él", a un militar cuyo nombre se omitía. Kelley acudió a un amigo personal, agente de la FBI, en busca de ayuda. Aquel propició el inicio de la investigación como una instancia de acoso cibernético. Hasta ahí, un caso como otros miles.

Todo cambió cuando los investigadores hallaron que la fuente de las amenazas era Broadwell, y que el hombre al cual se refería era el general Petraeus, jefe de la CIA. La FBI confrontó a la periodista y amante del general y analizó el contenido de su computadora. Allí, se hallaron los correos electrónicos de éste que demostraban la relación amorosa, conjuntamente con información militar secreta. Ambos implicados negaron que el general era la fuente de la misma, y la agencia policial federal parece creerles.

A fines de octubre, la FBI decidió separar de la investigación al agente que la inició, al constatar que no solo es es amigo personal de Kelley, sino también su pretendiente, al punto de haberle enviado fotos de él mismo, semidesnudo.

Furioso por haber sido alejado del caso, el agente se dirigió al congresista republicano David Reichert del estado de Washington, y le expresó su temor que el propósito de su alejamiento era… proteger a Barack Obama en vísperas de los comicios. Reichert, a su vez notificó inmediatamente al jefe de la bancada republicana de la Cámara de Representantes, Eric Cantor, quien a su vez hizo averiguaciones con la FBI. Se le dijo que todo estaba bajo control y que mantuviese el secreto.

Ahora, el maltrecho agente pide protección legal y pretende ser un whistle blower o informante o denunciante, una figura de la terminología nacional usada para designar a quienes, conocedores de una ilegalidad o injusticia en su entorno, la denuncian valiente y desinteresadamente.

Broadwell, como se dijo, había supuestamente enviado los mensajes amenazantes a Kelley –entre cinco y 10- porque pensaba que aquella le estaba quitando al amante, Petraeus. Pero la relación de Kelley – también casada– era aparentemente con otro militar, casi tan prestigioso como el primero: John Allen, general de cuatro estrellas, Marine y sucesor de Petraeus en Afganistán. La investigación de este nuevo desarrollo, dado a conocer el lunes 12, se enfocó en los "20 mil a 30 mil mensajes electrónicos intercambiados por Kelley y Allen entre 2010 y 2012".

Independientemente de la naturaleza de los mensajes –sean eróticos o pastoriles– que el encargado de una de las áreas más difíciles del mundo envíe un promedio de entre 27 y 41 mensajes diarios a su relación francamente asombra. ¿Cuándo tenía tiempo entonces para dirigir la guerra?

La audiencia del Senado para confirmar el nuevo puesto de Allen –comandante de las fuerzas estadounidenses en Europa– fue aplazada. Sigue en su comando en Afganistán, hasta que su sucesor designado, el general Joseph Dunford, sea confirmado por el Senado, según este comunicado del Pentágono.

Allegados a Allen niegan categóricamente que el general haya tenido una relación romántica con Kelley.

A cada hora se revelan más descubrimientos, a cual más truculento. Por ejemplo, que la señora Kelley tiene una hermana melliza, Natalie Khawam. Que las hermanas, de origen libanés, se dedican a hacerse conocer entre los ricos y famosos en Florida. Que Kelley confronta cuatro demandas judiciales por deudas por valor total de 4 millones de dólares, tres de ellas por inpago de propiedades, que Khawam debió declararse en bancarrota por una deuda de 3.6 millones de dólares, que para su juicio de divorcio obtuvo cartas de recomendación membretadas y firmadas tanto por Petraeus como por Allen, y que Kelley mantuvo una relación romántica con Charlie Crist, el ex gobernador republicano de Florida.

¿Y ahora? Hacia el horizonte se alejan Petraeus y seguramente, Allen. Quizás se les entable juicio militar. Sobre Paula Broadwell, considerada hasta ahora una brillante periodista y experta en seguridad, pende ahora la idea de que su biografía de Petraeus no fue lo necesariamente objetiva. Ella y Kelley deben ahora confrontar a sus respectivos maridos, igual que los dos generales a sus cónyuges. Todavía no sabemos si habrá acusaciones de tipo criminal contra cualquiera de los allegados, porque no está claro si se han violado las leyes.

Y quienes más saben del escandaloso caso se siguen preguntando: ¿ésto, es novela o realidad?

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  • David Petraeus, un militar del más alto perfil, echó por tierra su brillante expediente al dimitir por sorpresa al frente de la CIA por una relación extramatrimonial.

  • Paula Broadwell

    Paula Broadwell, la mujer cuya relación extramarital con el director de la CIA, David Petraeus, lo llevó a su renuncia la semana pasada, obtuvo su maestría en la Universidad de Denver.

  • Jill Kelley

    Jill Kelley, una mujer maronita de 37 años de origen libanés residente en Tampa (Florida) y amiga de la familia del general retirado, casada y madre de tres niños.

  • David Petraeus y Holly Petraeus

    Petraeus ha estado casado durante 38 años con Holly Petraeus, hija del superintendente de la academia militar de West Point cuando él era estudiante en la escuela de Nueva York.

  • Barack Obama y David Petraeus

    David Petraeus presentó su renuncia ante el presidente Barack Obama luego que se reveló su romance extramatrimonial.

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