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Después de un secuestro, así narra Marta Gil su terrible experiencia (VIDEO)

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 Marta Gil, abogada de origen colombiano, hoy residente en Phoenix, Arizona, fue víctima de secuestro.
Marta Gil, abogada de origen colombiano, hoy residente en Phoenix, Arizona, fue víctima de secuestro.

Durante los años 80 y 90, para algunos sectores de Colombia el responsable de la violencia y el terrorismo resultaba ser el gobierno y no las organizaciones de narcotraficantes, cuya conducta, sin la provocación estatal, habría sido mucho más pacífica.

Muchos piensan que fue un error del gobierno del presidente Virgilio Barco no haber buscado la estrategia correcta que habría podido evitar los terribles y sangrientos costos en vidas, causados entre otras cosas por los secuestros.

De acuerdo con investigaciones realizadas por el Departamento de Justicia de Colombia, el miedo y la calidad de vida de un país se relacionan con el secuestro. Desde la década de los 70 y hasta los 90 Colombia vivió años de infierno por la falta de acción efectiva de las autoridades que hizo crecer el conflicto.

El secuestro es un fenómeno profundamente traumático que cambia la vida de los secuestrados y de los habitantes de un país. El miedo de estar cercano a la muerte transforma a cualquier ser humano y la percepción de la vida no vuelve a ser la misma.

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Marta Gil, abogada de origen colombiano, hoy residente en Phoenix, Arizona, fue víctima de esa situación y contó en exclusiva para HuffPost Voces, cuando se vio obligada a huir de Colombia, al recibir de líderes sindicales amenazas de matar a toda su familia y cómo al retornar al país fue secuestrada por miembros de las FARC, la guerrilla colombiana.

“Encontrarse en una sociedad insegura donde el Estado no está capacitado para garantizar la seguridad ciudadana del país, y ver recrudecidos los conflictos sociales destruyen los sueños, expectativas y economía de un país”, afirma Martha y nos explica como se dio su terrible experiencia personal”

“Todo empezó al finalizar mi carrera como abogada. Mi tesis fue basada en trabajo social sobre las necesidades de la población que vive en el cinturón de pobreza de Bogotá, la capital de Colombia. Mi enfoque fue pelear porque todos los habitantes recibieran servicios públicos pues las comunidades en esa área carecían de agua, teléfono y todos los servicios. Los barrios eran unos verdaderos muladares. Fue ahí donde decidí que mi labor era formar parte del proceso de cambio que urgía y que todavía es muy necesario en mi tierra. Gracias a empresas privadas que me apoyaron con materiales de construcción pudimos a ayudar a la comunidad”.

Como resultado de estas labores, la figura pública de Martha comenzó a crecer y varias comunidades se unieron para pedirle que los representara ante el concejo de Bogotá en las siguientes elecciones.

“Nunca pensé intervenir en asuntos políticos, pero la verdad es que casi siempre se relaciona la actividad de ayuda social con la política. Una cosa lleva a la otra. A pesar de mi manera de pensar, y de que siempre he estado en contra de las formas de actuar de mi gobierno, y de la alta corrupción de los políticos, que son una jauría de lobos que se visten de ovejas en tiempos de elecciones, decidí aceptar la nominación”, afirma. “Me ganó el cariño y la pasión por mejorar su calidad de vida porque era la única forma de hacer presión y evitar que siguieran tantos abusos”.

Gil obtuvo el triunfo y se convirtió defensora de las comunidades ante el gobierno, “pero fue ahí en donde empezó la pesadilla”, afirma.

“Recuerdo que estábamos celebrando en mi oficina de Bogotá haberle ganado al líder sindical que llevaba enquistado años en el cargo, cuando entraron dos jóvenes de unos 19 y 25 años que pidieron hablar conmigo en privado. Yo los invité a pasar a mi oficina. Compartimos unas palabras amables pero de pronto la expresión de sus caras se transformó de amable a amenazadora”, platica Martha. “Me dijeron que no podía tomar posesión del cargo, yo lo tomé en broma y me reí, pensé que estaban jugando y solo les contesté que ‘hoy no, pero en una semana si’ y seguí riendo. Fue entonces cuando se abrieron sus chamarras y mostraron unos fusiles Mini Uzi. Me dijeron que si quería vivir y evitar que le hicieran daño a mi familia debía renunciar al cargo y salir del país de inmediato. Al final me advirtieron que tenía prohibido contarle a mi grupo lo que estaba pasando”.

“Aunque muerta de miedo, les dije que nunca saldría huyendo del país –nos cuenta- ‘Mátenme si a eso vinieron’, les dije pero entonces recordé que unas semanas antes y frente a mi casa en un barrio de nivel medio alto en Mandalay, Bogotá, unos sicarios habían matado a Manuel Cepeda, abogado, periodista y líder político de izquierda. Había sido asesinado por agentes del Estado en complicidad con paramilitares. Entonces me dijeron que yo sería la última en caer después de que asesinaran a todos mis familiares y fue horrorizante saber que tenían las direcciones de sus casas, universidades, colegios y oficina de todos: mamá, hermanos, hijos y esposo”.

La fortaleza de Martha se quebró frente a esa realidad. No tenía más alternativa y cedió.

“Hice lo que me dijeron”, afirma. “Me exigieron que dejara el país en menos de 24 horas, y así sucedió. Me fui con uno de mis hijos, Gerardo, que estaba en la Universidad estudiando derecho pero no me quiso dejar sola. Se quedaron en Colombia mi hijo mayor, Germán, que estudiaba medicina y el pequeño, que estaba terminando bachillerato."

La vida de Martha Gil cambió en unas cuantas horas, absolutamente sin pretenderlo y sin ninguna planeación.

“Llegué por primera vez a Estados Unidos con visa de turista, a ser un número más… a empezar de nuevo, porque mis estudios en derecho aquí no me servían”.

Sin conocer a nadie, Martha y Gerardo llegaron a Los Ángeles, California. Comenzaron a tocar puertas y a solicitar trabajo sin encontrarlo, pero un día, mirando unos arreglos de flores en un aparador, la suerte le cambió. Y así lo explica ella:

“En Colombia yo me había dedicado a la exportación de rosas y a hacer ramitos de flores para las fiestas. Íbamos caminando por la calle cuando me llamó la atención una tienda en donde estaban exhibiendo ramilletes de boda, y entré para verlos mejor. Le dije a mi hijo que yo los hubiera hecho diferentes y empecé a explicarle cómo los haría cuando se acercó la dueña del establecimiento y me preguntó cómo los haría yo. Le expliqué… y me pidió que trabajara con ella. Un año después regresé a Colombia porque yo ya no podía estar lejos de mi familia y nunca me imaginé lo que me esperaba…”

Casi al bajar del avión, Martha fue secuestrada, pero se cuida de no entrar en muchos detalles acerca de ese suceso porque sabe que aunque haya pasado tiempo, aun puede ser peligroso y no revela quiénes fueron sus secuestradores, ya que afirma que todavía la pueden matar.

“Me llevaron a la región del Caquetá, Colombia, que empieza en las faldas del monte andino y termina en la selva amazónica, territorio que se halla prácticamente deshabitado. Nos adentramos en la selva pero mi salud se deterioró porque tengo asma crónica”, afirma.

“Cuando ya no podía seguir caminando me dieron un fuerte cachazo en la sien. Mi ojo derecho se volvió un río de sangre y me debilitó aún más. Me invadieron la fiebre y escalofríos y me volví un problema para los secuestradores. Era una carga para ellos llevar a una moribunda a cuestas y decidieron dejarme tirada en la orilla del río Orteguaza, seguros de que no tardaría en morirme”.

Martha no sabe cuánto tiempo estuvo inconsciente, pero cuando recuperó el conocimiento vio que alguien estaba junto a ella.

“¿Quien era? definitivamente mi ángel salvador”, narra nuestra entrevistada. “Era un pescador que pasaba por el río en su barquilla. Me recogió y me llevó a San Antonio de Getucha, Caquetá, un pueblo de pescadores en medio de la zona que controlan las FARC. Allí me auxiliaron con mucho temor ya que en esa zona nada puede pasar sin permiso de la guerrilla; esas personas, que hasta hoy no se quiénes son, me curaron y aun antes de que estuviera del todo bien me montaron en un carro de transporte público. Así llegué al municipio de Florencia y después a Bogotá”.

Después de este dramático episodio Martha comprendió que no tenía sentido arriesgar la vida de sus hijos. Acudió a la Embajada de Estados Unidos en donde explicó su situación y logró obtener una visa familiar.

“Todos pudimos salir de inmediato a Estados Unidos, en donde logré salvar mi ojo y mi vida. Hace 15 años llegué y soy ciudadana de este país”, explica. “Hoy estoy viva y llevo una vida diferente para la cual me preparé, como hacen miles de hispanos que llegan por una u otra razón pero que luchan a diario para salir adelante con la cabeza en alto en un país al que le agradecemos que nos reciba y nos dé grandes oportunidades para progresar”.

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