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El secreto entre disfraces

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MONJE DISFRAZ
El secreto del monje disfrazado | Shutterstock

Advertencia: Esta historias de horror son escritas basadas en historias populares de los países latinoamericanos y no en las experiencias personales del autor. Está prohibida su lectura a las mujeres.

Esta historia trascurrió en New York durante una oscura y fría noche de Halloween. José un "tíguere" que se autoproclamaba como muy fogoso y amante de la fiesta y el licor, llegó a su casa ese 31 de octubre más temprano que de costumbre para disfrazarse e ir a disfrutar de la tenebrosa celebración.

La esposa de José es una mujer caribeña llamada María: bajita de estatura, con piernas gruesas y firmes, abdomen sugestivo, derriere gigantesco y pechos pequeños pero llamativos; ella le había preparado un mangú (plato dominicano) y pescado frito... cenaron juntos y se cruzaron sugestivas miradas.

"El tíguere" planeó disfrazarse esa noche de monje y ponerse una careta de zombi para generar cierto susto en quienes le levantaran la capucha de su largo vestido marrón; a José no le gusta bailar y por eso estaba decidido a pasarse la noche asustando a la gente.

Cuando José ya estaba listo para irse para la fiesta, aparece su esposa María diciéndole que no puede ir porque tiene mucho dolor de cabeza, y le dice a su marido que vaya solo, que ella lo esperaría en casita descansando.

José le protestó airadamente, pero ella le dijo que se iba a tomar una pastilla relajante y que iba a acostarse, que no había necesidad de que él se quedara en casa, que fuera y disfrutara un poco, pero que bebiera con moderación. Así que, el marido tomo un taxi y se fue. La mujer, después de dormir una hora, se despertó un poco mareada pero con la paranoia de que su marido seguramente estaba montándole los cachos y se arrepentía de haberlo dejado ir. Aun se sentía medio adormecida por el sedante que había tomado, pero como era temprano, decidió ir a la fiesta.

Como el marido no sabía cuál era su disfraz, ella pensó que sería divertido observar cómo actuaba cuando estaba solo, y llegó a la fiesta disfrazada de prostituta, que es sin lugar a dudas uno de los disfraces más populares en Halloween.

Apenas María llega a la fiesta, encuentra al monje bailando bachata con una monja que tenía una sensual carita y a quien no le molestaba que la apretaran en cada giro bailable su casto trasero. Verlos bailar era "una experiencia religiosa", las caricias y manos calientes por parte de ambos tenían a la fiesta haciendo emanar sus demonios internos… María solo pensaba en "Mira Quién Baila".

Pero de repente llego "la prostituta" a la pista y empezó a contonearse sensualmente junto a un bafle (speaker) dejando ver una sed de pasión que despertó el interés del monje borrachín. La monja como ya es costumbre en la historia de la humanidad, estaba fúrica con la prostituta, ya que su parejo le había pedido un minuto para irse a bailar con la pequeña meretriz.

El monje estaba muy borracho y no podía ni con su alma. Empezó a bailar bien apretado con la prostituta, quien lo dejó avanzar en su toqueteo y besos hasta el punto de que la doncella se sintió pecadora y le pidió que se quitara el crucifijo, que ella se lo guardaba en la cartera. A los 10 minutos el monje le susurró al oído la propuesta sublime a su fulana y ella aceptó.

Ambos se metieron a un baño y durante 20 minutos tuvieron sexo salvaje hasta quedar exhaustos. Ana, sin despedirse del monje, salió corriendo del baño, tomó un taxi y se fue para su casa, se quitó el disfraz y se metió en su cama, mientras apretaba sus dientes con furia preguntándose qué clase de explicación le iba a dar su marido.

Cuando él entró, ella estaba sentada en la cama, leyendo el libro "El Secreto" y con cara de pocas amigas le pregunta:

- ¿Cómo te fue?
- "Amor, tú sabes que cuando estoy sin ti me la paso es hablando con mis amigos..."
- ¿Me vas a decir que no bailaste en toda la noche?
- "Ni una sola pieza, además tú sabes que no me gusta bailar. Cuando llegué, me encontré con Juan Manuel, Luis Alfonso, Jorge y Kike, así que nos fuimos a la planta baja y jugamos al póker toda la noche… Lo que no vas a creer es lo que le pasó a Orlando a quien le presté mi disfraz de monje para pudiera entrar a la fiesta… Claro que no hay que creerle mucho, ya sabes que él se imagina historias y más si tienen que ver con mujeres, baile y parranda…"
- Con razón hay veces que no le gusta hablar mucho al desgraciado… (murmuró la linda Anita).

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