Cada minuto muere una mujer en los países pobres debido a complicaciones derivadas del parto. Unas 519,000 en el mundo al año.

En México, según reportes de la Dirección General de Información en Salud, por cada 100 mil partos, mueren 56 mujeres; 1,036 en total tan sólo en el 2011. Según reportes de la organización Grupo de Acción Inmediata de Muerte Materna, el 40 por ciento de las muertes maternas en el país se dan en centros hospitalarios debido a negligencias durante el parto y la baja calidad de la atención durante emergencias obstétricas.

Hace cinco días, se cumplieron 24 años de uno de los casos más emblemáticos en México. Carmen Rincón Cruz, química farmacobióloga de 53 años de edad, veía morir a su hija en su propio vientre. De entonces, derivó un juicio que a la postre se convirtió en el primer caso por violación a derechos reproductivos que fallaba a favor de la madre. Un hecho que se convirtió en bandera del feminismo mexicano.

“¿No le parece a usted esto delito suficiente?”

El 14 de septiembre de 1987, el médico obstetra Jorge García Ávila llegaba enojado a la sala de urgencias del hospital de la Sociedad Española de Beneficencia en Pachuca, México. Una llamada por un parto le arruinaba salir temprano a sus vacaciones. Sobre la mesa de operación, Carmen Rincón Cruz, de 28 años, esperaba dar a luz a una niña, pero había complicaciones. García ni siquiera se puso la bata médica. En pants y encabronado, pretendía sacar el producto lo más rápido posible. Pero el vientre de Carmen no cedía.

Frustrado, el médico aplicó oxitocina en el cuerpo de la joven para acelerar los espasmos en su vientre y hacer expulsar a la bebé lo más rápido posible. Pero el útero seguía sin ceder. Entonces el médico decidió inyectar más droga de la recomendada. Tenía prisa.

De pronto el útero comenzó a contraerse hasta ponerse rígido. La bebé estaba atrapada. Rápido, García ordenó cambiar a Carmen de plancha para operarla y tratar de sacar al producto, vía cesárea. La madre que ahí yacía, estaba asustada, pero no tenía más opción que seguir en manos del médico. Éste operó, pero era tarde. Las paredes uterinas reaccionaron pésimo a la sobredosis de oxitocina. Cuando la cérvix se abrió, Carmen vio a su hija salir muerta de su propio cuerpo.

– ¡La mataron! ¡Mataron a mi hija!

– ¡Cálmese, señora!

–¡Mataron a mi hija!

Carmen estaba invadida de horror. Gritaba, rugía en llanto, sudada, y en el vientre su sangre revuelta con el cadáver de su hija, entre la carne trémula y las vísceras.

Se llamaría Azul. “Azul como la esperanza”, cuenta hoy. Pero en ese momento, García Ávila la sedó y Carmen quedaba dormida para las once de la mañana, luego de cuatro horas de cadalso en la plancha operatoria.

El médico entregó el cadáver de Azul a su padre, José Luis Imbert. Una hermosa bebé, amoratada por el ahogamiento. Así, la rabia y el llanto rompían las ilusiones del esposo de Carmen, quien sepultó esa misma tarde a su hija que no pudo nacer.

Carmen despertó para las cinco de la tarde.

– ¿Dónde está mi hija?

José Luis, harto dolor, se acercó donde su esposa, sedada y con el estómago suturado.

– Está muerta.

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Para entonces García Ávila había abandonado el hospital. Cuando Carmen pidió explicaciones, le dijeron que la bebé había nacido “con un hoyo en el corazón” y no había resistido nacer. El dolor la mantenía inmóvil. Se quedaba atrapada en un escalofrío punzante que se alojaba en su vientre y le ardía por todo el cuerpo. Así, callada y llorosa, se fue a casa con José Luis y sus padres.

Pasaron uno, dos y tres días de sufrimiento. Dolor afuera y dolor adentro del cuerpo. El médico tan sólo le había dejado en receta tomar laxantes. Pero al cuarto día, en cama, en su casa, el dolor de afuera aumentó hasta hacerse insoportable. Un puño de ardor le golpeaba desde dentro del vientre, y ese ardor estaba llagando sus piernas, sus brazos, su pecho y su estómago.

José Luis tomó a Carmen y la regresó al mismo hospital donde había muerto su hija. Pero la administración de la Beneficencia Española no la quería recibir por razones que no se atrevían a explicar, e insistían en que ella se tratara en el hospital público del Instituto Mexicano del Seguro Social.

Pero Carmen, que siempre había sido tan cabrona como su abuela, de entre sus retortijones de ardor, dijo que no. Que se quedaría a ser atendida ahí, porque así lo tenía decidido. La administración del hospital no tuvo más remedio que aceptarla, al fin que dinero es dinero e igual sirve para pagar. Luego pasó a urgencias, en la sala donde casi una semana antes había comenzado su primer infierno. Poco imaginaba que le vendría otro.

Su vientre estaba relleno de pus. Y esa pus estaba invadiendo todo su cuerpo, haciendo de Carmen una mujer séptica con el útero podrido. Los médicos y enfermeras prendieron las alertas. La subieron a una camilla y rápido la metieron a la sala operatoria, la sedaron y a las horas, esa mujer de 28 años que ya se había quedado sin hija, ahora también se quedaba sin trompas, sin útero y sin ovarios.

Lo que siguió fue la depresión. Carmen pasó dos meses y medio en la casa de sus padres, tratando de entender qué carajo le había sucedido y cómo iba a sobrevivir a todo aquello. “¿Por qué a mí? ¿Por qué a mí?”, se preguntaba una y otra vez, abrazada a su vientre maltrecho.

Hasta que una tarde a mediados de diciembre, una niña que jugaba en la calle se atravesó por su mirada, mientras dejaba caer preguntas a través de la ventana. Había pasado suficiente tiempo, para que entonces Carmen, química, madre flagelada, mujer mutilada y cabrona como la abuela, se preguntara si es que a esa niña, como ella, un día se iba a quedar estéril en las manos de un médico pendejo y en total impunidad.

Entonces Carmen decidió demandar. Tomó a su esposo y acudió a la Procuraduría de Justicia del Estado a interponer una denuncia por negligencia médica contra el obstetra Jorge García Ávila. Pero de pronto las autoridades le negaron la posibilidad, argumentando que no había delito que perseguir. Pero Carmen, cabrona y sana, no paró. Hizo un tercio de llamadas, se reunió con amigas, amigos y emprendió la lucha contra un aparato judicial que la desestimaba porque no tenía prueba alguna de lo que demandaba. Estar viva era su peor fiscal. Pero un día a finales de aquel 1987, Carmen encontró la prueba que necesitaba.

Estando en casa de sus papás, caminando, recorriendo el estudio, atrás de un sofá, Carmen halló un frasco y dentro de él, nadando en formol, una víscera hueca y amorfa. Era su útero. Los médicos le habían entregado aquel pedazo de su sexo a sus padres quienes lo guardaban como teniendo ahí un trozo de recuerdo de lo que su hija estaba por ser y no fue.

Por lo que haya sido, era la prueba que Carmen necesitaba.

Ya era enero de 1988 por la tarde. Carmen rompía la pulcritud burocrática de la oficina del subprocurador de justicia de Hidalgo.

– "Mire señora –decía éste-, todo lo que usted dice suena terrible. Pero los médicos peritos ya determinaron que no hay delito que perseguir, y contra eso yo ya no puedo hacer nada. De verdad me gustaría ayudarla, pero no puedo hacerlo. No se puede consignar, no se puede ir a juicio… nada, ya no se puede hacer nada”.

Entonces, Carmen sacó una bolsa de plástico, metió la mano para después azotar sobre el escritorio de madera fina el frasco donde nadaba aquella víscera que era su útero extirpado.

– ¿No le parece a usted esto delito suficiente?

El funcionario no ocultó las náuseas. Ahorcándose el vómito en la garganta, se quedó mudo. Luego Carmen protestó:

– Es una lástima que tenga que acudir a pedir justicia trayendo mi útero en un frasco y no dentro de mí. Usted está entero, por eso no puede comprender que lo único que yo quiero es que se haga justicia.

El reclamo de Carmen traía llanto y desesperación. Habían pasado casi tres meses desde que había interpuesto la denuncia penal contra el ginecólogo Jorge García Avila por el delito de responsabilidad profesional y lesiones culposas, y estaba peor que al principio. Para entonces, la madre ultrajada se había quedado sin defensor legal y sin dinero. Además, todo indicaba que el responsable de su esterilidad, de la muerte de su hija y del derrumbe de su vida, quedaría sin castigo, porque las autoridades no pretendían mover un dedo contra uno de los grupos médicos más poderosos de la ciudad de Pachuca y donde, caían heridos o enfermos la mayoría de los políticos locales.

Un abogado se le acercó:

– Mira, al doctor le podemos sacar cinco millones. Le pedimos 10 y se te quedan cinco.

–¿Está loco? –le contestó Carmen-. Yo no quiero dinero, yo quiero justicia.

Durante cinco años, Carmen publicó desplegados periodísticos de un lado y de otro del país. Actos políticos con amigos y enemigos, una fuerte, muy fuerte presencia de la prensa local y nacional, entrevistada la escritora Elena Poniatowska, y teniendo la solidaridad de muchas mujeres en Hidalgo, en México y en el mundo.

Cinco años de juicio y, por fin, el triunfo. Un triunfo paupérrimo en el texto: A García Ávila sólo lo suspendieron su licencia seis meses del ejercicio profesional y se le cobró el equivalente a tres pesos con cuarenta centavos (3,391.48 viejos pesos mexicanos de entonces) por “reparación del daño y lesiones sufridas”.

Sin embargo, en el contexto, aquella sentencia era un triunfo mayor para las mujeres en México: La de Carmen, era la primera demanda por violación a derechos reproductivos ganada en toda la historia del país. El logro fue considerado por todo el movimiento feminista nacional como un parteaguas en materia de derechos humanos de las mujeres

“¿Por qué esto es común en nuestro país?”

El 6 de septiembre de 1994, en la ciudad de Cairo, Egipto, en el Foro Mundial sobre Salud Reproductiva y Derechos Humanos, una representante de México subía al estrado e iniciaba su ponencia. Era Carmen Rincón quien, con cobertura mediática internacional, contó a todo el planeta la terrible violación a derechos reproductivos que sufrió y que le llevó a ganar, por primera vez en la historia de México, un juicio por este delito:

“En aquellos años en que todo pasó, yo me preguntaba: ¿por qué a mí? Fueron cinco años durante los cuales aprendí que en este juicio no sólo tenía que defenderme del médico Jorge García Avila, sino también de quienes ejercen la justicia en México.

“Nunca he podido volver a tener relaciones sexuales convencionales. Siento que en ese aspecto estoy muerta; me dañaron mucho con todos los estudios y tactos que me fueron practicados y ni qué decir en el terreno emocional… pero creo que cumplí como mujer ante la sociedad. Cumplí, ya que fui capaz de denunciar y sostener un juicio largo y penoso… Así entendí que no era ¿por qué a mí?, sino ¿por qué esto es común en nuestro país?”

Al regresar a México, Carmen y su esposo José Luis, adoptaron a Estelí y a Emiliano, un niño con incapacidad intelectual sobre quien se escriben tantas más historias de coraje humano. Al mismo tiempo, junto con un gran grupo de mujeres, madres, profesionistas, trabajadoras, académicas, artistas, periodistas, activistas, fundaron el “Grupo Cihuatl” que a la fecha, va a los barrios bajos de Pachuca a defender los derechos de las mujeres, lo que no hubiera sido posible si Carmen Rincón, de parir a Azul sana y salva, tuviera una vida corriente. Pero al morir, Azul parió a Carmen, y con ella, decenas de niñas y sus madres han podido ver la luz y la justicia que una negligencia médica les negó hace 24 años.

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