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Los migrantes no se mueren, están dormidos

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Si muero lejos de tí: Valle de Tizayuca, Hidalgo.
Si muero lejos de tí: Valle de Tizayuca, Hidalgo.

El 15 de agosto pasado, un grupo de sujetos no identificados amagaron a Juan, un inmigrante mexicano, en la ciudad de Bradenton, Florida. No se sabe cuántos eran, pero fueron los suficientes para matarlo. Lo golpearon por varios minutos hasta reventarlo por dentro. Luego, le dieron el tiro de gracia en la cabeza, al estilo del crimen organizado.

Juan era originario de la comunidad indígena de La Estación, Ixmiquilpan, un municipio tipificado como de pobreza crónica, de bajo índice de desarrollo humano y de muy alta migración, enclavado en la región Valle del Mezquital, Hidalgo, el quinto estado más pobre de México.

La soledad dejada por la cantidad de migrantes que expulsa y su paisaje desértico, convierte a sus comunidades en reales pueblos fantasma, donde son comunes las chozas abandonadas y las casas en obra negra que se quedaron a medio construir porque un día, ‘el que se fue’, dejó de mandar dinero para seguir edificando. Y si se van y no regresan es porque la crisis aprieta o porque de plano se olvidan de la madre, de la esposa, de los hijos. O quizá, es porque se quedaron muertos allá.

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Aseguran los habitantes de La Estación que a Juan lo mató un grupo racista alojado en Bradenton. Porque él ya es el segundo vecino de esta comunidad que asesinan en un ataque similar. Dice uno de ellos que vivió ahí, pero sí regresó a Ixmiquilpan, que en esa ciudad abundan “bandas de gringos blancos” que “buscan a los paisas para partirles su madre”. “Son racistas”, afirma.

Juan tenía treinta y siete años y vivía en Bradenton desde hacía catorce. Llegó como miles que ahí se han encontrado. Casi todos de Ixmiquilpan, varios de La Estación. Así sucede con los mexicanos que migran. Uno se va, luego llega otro y donde queda, al rato llegan cientos más y hacen su propio pueblo con su propia comida, sus huapangos y sus equipos de futbol, lleno de primos y vecinos de la infancia, en cualquier barrio de Estados Unidos. Así en Florida, en Bradenton como en Clearwater, donde abundan hidalguenses y donde hace doce años, también murió otro ixmiquilpense, indígena de la etnia Hñahñu, como Juan.

Se llamaba Cesar. Tenía veinte años cuando una bala de magnum calibre .357 le entró por el oído y le hizo estallar la sien mientras conducía un Ford Fiesta por Rainbow Dr. Lo mató un gringo de nombre Christopher Harris, un delincuente menor que en aquel mayo de 2000 había dejado su empleo en un restaurante de comida rápida para dedicarse a la invasión en propiedad ajena y la posesión iegal de alcohol y marihuana. Le dio alcance a Cesar en un Contour de camino hacia Starcrest Dr y a una hora después de su huida, disparó de su magnum a Danielle Leprease de 22 años, al tránisto de la avenido Missouri.

Cesar llevaba apenas cuatro años en Clearwater. Llegó con sus paisas –como se dicen entre los de Ixmiquilpan-, apenas cumplidos los dieciséis. Era de la comunidad El Durazno. Pero ahí ya nadie lo llora porque era huérfano de padre y madre y sus abuelos, la única familia que le quedaba -y a quienes llamaba por teléfono una o dos veces por semana- se murieron de la tristeza a las pocas semanas de haberse enterado que su nieto no regresaría más a la casa que lo había visto nacer, y dormir en la cama donde su mamá murió al parirlo.
Y sin embargo, morirse en Estados Unidos apenas fue el principio de un nuevo viaje para Juan, Cesar o cualquiera que ahí queda sin poder regresar vivo a México otra vez.

En La Estación, los familiares, amigos y vecinos de Juan esperan para tener su cuerpo de regreso en la comunidad. No saben si aún podrán velarlo de acuerdo con las tradiciones, en un rito que incluye novenarios, rezos, guardas y la posibilidad de que el hijo vuelva a la casa, aunque sea en el féretro, antes de ser enterrado en el panteón, en el lugar que le toca, si es que el cadáver no está tan podrido.

Se supo que era Juan el asesinado porque en Bradenton todos se conocen. Muchos son de Ixmiquilpan. Tras la golpiza, el tiro y la declaración médica de su muerte, los nuevos vecinos de Juan avisaron a los suyos en El Encino. El shock cundió en silencio.

Un escándalo mayor, una acusación contra ciudadanos estadounidenses aún si hubiera sido un crimen de odio, suscitaría una pesquisa migratoria contra quienes ahí están de ilegales. Entonces la sangre del paisa se levantó con un grito ahogado y lo vieron morir así, sin poder hacer demasiado para no romper el sueño americano.

Luego hicieron lo que ya se viene acostumbrando porque cada vez son más los que se mueren en Estados Unidos sin poder regresar. Tomaron el teléfono y llamaron a la Oficina de Atención y Apoyo al Migrante del Gobierno de Hidalgo, de donde son, la cual presupuesta alrededor de 400,000 pesos al año para atender casos de migrantes muertos en el extranjero. Se dio comienzo el trámite para repatriar el cuerpo de Juan, no sin antes esperar las investigaciones que para determinar quiénes y por qué lo mataron.

De acuerdo con esta dependencia, la repatriación del cadáver de un inmigrante puede tardar una semana en condiciones de “muerte natural”. Esto cuesta entre tres y cuatro mil dólares para saldar gastos médicos y funerarios en Estados Unidos, que pasan por la expedición de una acta de defunción, otra de embalsamamiento y una constancia de peritaje sobre los motivos del deceso, las traducciones al español, hasta que por fin el consulado mexicano logra tramitar el permiso de tránsito del cadáver y reservar el envío de restos para que los cuerpos lleguen al Aeropuerto Benito Juárez, en Ciudad de México, y de ahí, en carroza fúnebre hasta la tierra donde haya que llegar.

El costo puede extenderse hasta los 52,000 pesos mexicanos en su precio más caro, el cual se debe solventar entre una población que a veces no sabe qué comerá el día de mañana. Por eso sus habitantes migran. Sin embargo, son tantos los que se van y varios los que se mueren, que los clubes de migrantes, las Iglesias, los amigos más afortunados, se cooperan para poder pagar lo debido para llevar el cadáver del paisa de vuelta a la tierra que no ha de volver a ver.

En Estados Unidos hay entre 250,000 y 300,000 migrantes hidalguenses. De ellos, han muerto 26 en lo que va del 2012, de los cuales al menos dos han sido asesinados en Bradenton, Florida. Y sin embargo, según informa Erika Saab, directora de la Oficina de Atención al Migrante en Hidalgo, los asesinatos no son comunes contra los migrantes de estas localidades, en tanto que las muertes ocurridas por accidentes automovilísticos sí lo son y ocupan el primer lugar en incidencia, seguido de los fallecimientos por “causa natural”.

erikasaab En la foto, Erika Saab, directora de la Oficina de Atención al Migrante en Hidalgo.

Estas cifras se suman a los más de 780 migrantes muertos en territorio estadounidense o en su intento por cruzar la frontera norte durante el año 2011; 1,800 desde 2006 y más de 5,000 desde 1994 a la fecha, según la Secretaría de Relaciones Exteriores de México.

Ha pasado un mes desde que mataron a Juan. En El Encino, como sucede en casi todo el territorio mexicano, se celebra la Independencia, el Grito de Dolores, el orgullo –dicen-, de ser mexicanos, de quienes están y quienes ya se han ido o no pudieron estar.

Un trío de huapangueros, rústicos y de instrumentos pobres, como es común las comunidades abajo del Valle del Mezquital, toca el corrido de Ixmiquilpan: “Ixmiquilpan, me despido, pero voy a regresar”, versa y muchos paisas la cantan como un himno, como un juramento.

Luego, el mariachi en el reproductor toca alegre canciones de José Alfredo, Vicente Fernández, Pedro Infante y también de Jorge Negrete, de donde sale un eco de tenor que quiebra las almas de los que aquí conocieron al que asesinaron en Bradenton.

Suena: “México lindo y querido, si muero lejos de ti, que digan que estoy dormido, y que me traigan aquí…”. La composición de moreliano Chucho Monge sale de cómo un eco desde el pecho de sus vecinos, amigos y familiares, muchos indígenas, y al llegar a la garganta, el canto se quiebra en la insistencia: “¡Que digan que estoy dormido! Y que me traigan aquí, México lindo y querido, si muero lejos de ti…. ”

Caras de la inmigración sin papeles
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