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Lupita Aguilar busca a su hijo desaparecido

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LUPITA
Lupita Aguilar, con la foto de su hijo | Eileen Truax

Se convierten en detectives, policías, abogadas. Aprenden a pensar con mente delincuente. Las madres de los desaparecidos hacen todo con tal de encontrar algo, una pista, lo que sea.

Le dicen Lupita. Se llama María Guadalupe Aguilar, es enfermera retirada. Vive en Guadalajara, Jalisco, México, y tiene tres hijos. Viste de blanco: una blusa de algodón bien planchadita, pantalones, zapatos tenis para aguantar la caminata. También lleva un sombrero para protegerla del sol que la acompañará durante un mes, el más caluroso del año. Viaja en el autobús número 1 de la Caravana por la Paz con Justicia y Dignidad encabezada por el activista Javier Sicilia. Este grupo que recorrerá 27 ciudades estadounidenses, está conformado por familiares de personas muertas o desaparecidas; algunos de los 60,000 muertos y 10,000 desaparecidos que ha dejado como saldo la guerra contra el narcotráfico emprendida por el presidente Felipe Calderón. Como el hijo de Lupita.

Lleva el pelo corto, teñido de castaño claro. Una línea verde sobre los párpados y un par de detalles de joyería de oro muy sencilla hablan de una mujer acostumbrada al arreglo personal, a cuidarse. “Yo tenía una vida muy diferente a esto”, me dice en un momento mientras conversamos en la Placita Olvera durante la escala de la caravana en Los Ángeles. “No nada más se llevan la vida de tu hijo; es el paquete completo. También me robaron mi vida, la de mi hija, la de mi otro hijo, la de mis nietos. No somos los mismos, jamás vamos a volver a ser los mismos”.

Su corazón de mamá le dijo que la vida acababa de cambiarle aún antes de tener la información completa. Ese día, el 17 de enero de 2011, su hijo José Luis Arana, Pepe, salió de su casa por última vez. Tenía una empresa pequeña que inició con el fruto del trabajo de diez años; junto con su hermano menor se dedicaba a la iluminación de eventos. Ese día quedaron de verse a las 11:30 para cargar el equipo en el camión después de un servicio. Su hermano se preocupó cuando vio que Pepe no llegaba, así que hizo una llamada telefónica. “Salió a las once”, le dijo su cuñada. “Ya tendría que estar ahí”.

Lupita llora sin reparo mientras me cuenta la historia. Con las manos aprieta un cartel laminado con la foto de Pepe y sus datos personales, un hombre entonces de 34 años, ojos claros y sonrisa amplia que, asegura su madre, era un hijo impecable. “No fuma, no toma, su vida es su negocio y su familia. Tiene dos niñas, una de cinco y una de tres años. Cuando desapareció, ¿verdad? Ahorita tienen seis y cuatro”. El llanto continúa, descarado.

En el instante en que Lupita recibió la llamada de su hijo menor supo que algo andaba mal. José Luis siempre le respondía el teléfono a ella, siempre. Si estaba ocupado le decía “te llamo en un momento”, pero nunca dejó una llamada sin responder. Cuando después de varios intentos no pudo comunicarse con él, fue que el corazón de mamá le dijo que algo había pasado. Y entonces su cerebro empezó a trabajar. “Pensé: tiene que recoger a las niñas de la escuela, así que me fui a la escuela a esperarlo. Dieron las tres y no llegó, y entonces corrí a la Policía a hacer la denuncia”.

A partir de ahí iniciaría el peregrinar de Lupita por los caminos retorcidos de la burocracia mexicana. Lo primero que descubrió es que no se puede reportar a una persona como desaparecida hasta que han transcurrido 72 horas de su desaparición “porque usted sabe, a veces se van de borrachos, o se enojaron con la esposa”, le explicaron. “Mi hijo no es de esos”, afirmó furiosa. “Así dicen todas las mamás”, le respondieron. Sin detallar contra quién descargó la furia, asegura que antes de las cuatro de la tarde la denuncia ya estaba presentada y la información sobre su hijo y el vehículo que éste conducía se encontraban en el sistema de información de las agencias de seguridad mexicanas conocido como Plataforma México. Pasaron las horas, pasaron los días. Ni una sola pista.

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“Encontré la camioneta de mi hijo el 15 de abril en Colima –el estado que colinda con Jalisco- y descubrí que había sido llevada de Guadalajara a Colima horas después de que mi hijo desapareció. Pero a esa hora el vehículo ya estaba reportado, ¿cómo es que no se dieron cuenta cuando pasó por las casetas de cobro que hay en el camino?”, me dice como si nada. “¿Encontró usted la camioneta o la encontraron las autoridades?”, pregunto. Lupita me lanza la primera de una decena de sonrisas sarcásticas que usa cuando se refiere a la autoridad. Me sorprende la dureza de su gesto facial en contraste con los ojos casi inexpresivos, perdidos en el dolor.

“Encontré yo”, dice rotunda. “¿Tú crees que ellos van a hacer algo?”. Entonces relata su trabajo de investigación, el que no ha hecho la Policía, el que sólo puede hacer una madre en busca de su hijo.

“Me hice adicta a las notas ‘rojas’”, cuenta. “Veía, leía todo el tiempo notas sobre secuestros, sobre homicidios. En un momento descubrí que los marinos encontraron a dos muchachos con drogas y armas en Manzanillo. El 2 de marzo, una señora fue a la cárcel de Manzanillo a sacar a su hijo. Y en el testimonio, el hijo explica que a ellos se les cerró una camioneta. La camioneta era la de Pepe”. Lupita se fue a Colima a iniciar los trámites para la recuperación. En el proceso, un ministerio público le dijo que no podía llevarse el vehículo registrado en otro estado. “Yo le pregunté por qué. ¿Sabe qué me respondió? ‘No se la va a llevar por mis huevos’. Eso me dijo”. Nuevamente se ahoga en llanto, esta vez el que provoca la rabia, la impotencia. Se seca las lágrimas con una mano. “Ahí es cuando te das cuenta de que todos están coludidos”.

Sin darse por vencida y conteniendo la ira, Lupita pidió que le dejaran al menos ver la camioneta. Cuando lo hizo, empezó a recolectar evidencia. Estaban ahí los recibos de las casetas de cobro que hay en el camino entre Guadalajara y Colima, con la fecha. A la hora que indican los documentos que la camioneta cruzó, ya existía el reporte en el sistema de seguridad. “Hay gente adentro ayudándoles y por eso nunca resuelven nada”, me dice Lupita con certeza abrumadora.

“En este peregrinar de burocracia te das cuenta de que tienes que hacer las cosas por ti mismo. Yo, por ejemplo, ya agarré al ratero de la camioneta en Zapopan”, agrega. No puedo ocultar mi sorpresa, y entonces me explica. “Vi que atraparon a una banda que se dedicaba a robar autos, y fui y los confronté con la foto de mi hijo. Uno de ellos lo reconoció, lo sé por la reacción que tuvo a la foto. Lo abofeteé, pero no me dijeron nada. No les permiten hablar. Todos saben, pero nadie dice nada”.

Lupita asegura que en todos los casos es lo mismo. Durante el año y medio que lleva metida en este mal sueño ha hablado con cientos de madres en la misma situación. Para todas es lo mismo. Aprenden a ser detectives, abogadas, ministerios, policías. Aprenden a pensar con mente delincuente. Recorren una y otra vez los caminos que pisaron sus hijos, buscando una pista, una mirada, algo. Los caminos las llevan hasta Estados Unidos. Irían hasta el fin del mundo, si fuera necesario.

Por lo pronto, Lupita ha recorrido decenas de veces el último camino que anduvo su hijo. Partiendo desde la casa donde vivía él, y tomando las calles que él acostumbraba, fue identificando qué negocios, bancos, oficinas gubernamentales tenían cámaras de seguridad grabando video. Uno a uno fue pidiendo esos videos a gerentes, propietarios, autoridades. En la cámara de un banco se ve pasar la camioneta, lo mismo que en un negocio, y en otro. En el último punto donde se ve, una esquina, hay un mueblería y cámaras que apuntan hacia varios lugares. Pidió hablar con el dueño y no se lo permitieron. Buscó a la Cámara de Comercio local, ellos le consiguieron la cita. El dueño se negó a mostrarle las grabaciones; le dijo que a esa hora, debido a que la luz del sol daba sobre las cámaras, no se podía apreciar nada. “Algo pasó en esa esquina”, asegura.

Pero la labor de investigación inició mucho antes. Horas después de la desaparición de Pepe, Lupita había comprado una grabadora y varios teléfonos. Pensó que si lo habían secuestrado para pedir rescate, le llamarían y ella podría grabar la conversación. La llamada no llegó. Semanas más tarde imprimió volantes con la foto de su hijo y los pegó por todos los municipios. En Tonalá, los volantes desaparecían horas después de haberlos puesto. Hace unos meses el ex director operativo de la policía de ese municipio, Fernando Luna, fue arraigado y consignado por brindar protección a un grupo de secuestradores.

“Llevé y traje papeles, fui a buscarlo a Colima, no le miento, como unas cien veces. Fui con una vidente que me dijo que mi hijo estaba en un lugar con mucho calor. Ah, pues en Colima, pensé yo. Yo creo que no me faltó ninguna ranchería por recorrer. No me lo va a creer, pero fui a buscarlo hasta en los manicomios”. A lo largo de la conversación, la desesperación va asomando a su rostro al tiempo que con naturalidad habla de entradas y salidas a la morgue cuando encuentra algún indicio de que su hijo podría estar ahí.

Mientra Lupita relata lo que ha sido su vida en los últimos meses me llama la atención su forma de hablar. Me cuenta que tuvo que vender su casa para pagar sus investigaciones, sus viajes, sus movilizaciones. “Pero los bienes son para remediar los males, ¿no?”. Tiene un vocabulario amplio, propio de una persona instruida. Así me cuenta que el 7 de septiembre de 2011 se “coló” en un evento en donde estaría el presidente Felipe Calderón. Cuando él hablaba de seguridad durante su discurso, lo interrumpió para cuestionarlo exponiendo su caso. El presidente la recibió al final del evento y le dijo que se haría cargo. “Promesa de presidente”, le dijo Calderón con la mano levantada frente al rostro.

“Lo sentí sincero, amable, muy caballero”, me dice Lupita sin rencor. “Me prometió: vamos a encontrar a su hijo, y pidió a dos generales que tomaran mis datos, y a mí que estuviera en contacto con ellos. Pero el gusto me duró una semana. A los generales los cambiaron de adscripción y los que llegaron no saben nada de mi caso. Sigo con mi lucha sola”.

Le dicen Lupita y está fuerte como tronco. Aunque su andar se percibe cansado. Aunque por momentos no puede parar las lágrimas, la ira. Aunque la frustración es tan grande como para doblar un bosque, se para firme al terminar nuestra conversación mientras unas chicas se toman fotos junto a un mural que está a un lado. Lupita sonríe generosa, como si no pasara nada.

“Mi corazón de madre me dice que está vivo, pero la razón me dice que no, porque en este camino se da cuenta uno de cosas tan horribles”, me dice al final con una tristeza profunda. “Yo creo que ya estoy loca porque yo busco, yo busco; pero siendo razonables, mi hijo está muerto”.

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